Cuánto tiempo llevas huyendo.mp3

Cuánto tiempo llevas huyendo.mp3

Era la primera vez que pasaba tanto tiempo sin ir por allí. Sentía que era demasiado temprano para revisitar todas esas vivencias. Seguramente sesgadas, cargadas de tristeza y desde un punto de vista completamente narcotizado. No es fácil comulgar con quien fuiste. Sobre todo, cuando te planteas constantemente la moralidad de las cosas. Diría que es algo terrible, aunque seguramente alguien pueda hacer de ello algo positivo.

«Hiciste lo que pudiste con lo que tenías» es un mantra que mi psicóloga me repite semana tras semana y que decido creerme porque no me queda otra. Porque es mi última bala.

Decidí apartar la culpa judeocristiana (porque al final no era otra cosa que una decisión) y abrí el portal torpemente. Había olvidado que la cerradura tenía una holgura y que había que aguantar la puerta para evitar el portazo. Lo recordé justo con el golpe que despertó a los vecinos del primer piso.

Subí las escaleras esperando que ninguno saliera al rellano. No quería tener que dar explicaciones a nadie. Al mirar la puerta del apartamento empezaron a temblarme las piernas. Me enfadé conmigo mismo e intenté reflexionar de dónde venía esa inseguridad, ese miedo que se reflejaba físicamente en mis rodillas y sutilmente me decía: no puedes, no puedes. Tal era mi nivel de nerviosismo que intente abrir varias veces con la llave de mi propia casa. Después de varios intentos torpes, conseguí abrir la puerta y busqué a tientas la caja de luz para levantar los plomos. El frigorífico desde la cocina me saludó con un pitido.

La foto de mi abuela me miraba desde el final del pasillo, joven, feliz, sin ningún matiz que constatara que crecer es acumular traumas. Al lado otras tantas fotos de familiares muertos. A algunos les pienso cada día. De los otros no puedo recordar ni el nombre.

No aguanté allí más de diez minutos. Llegué intentando confrontar lo que había sido mi vida durante los últimos años y me vi devorado por la misma de nuevo tan solo unos minutos después. Huida. Volví a salir a la calle y encaminé la avenida que desembocaba en el paseo marítimo.

Quise refugiarme en lo bucólico del amanecer en el mar. El espigón lucía mucho más decadente que años atrás. Quizás el recuerdo era más lustroso que la realidad. El reloj me avisó. Diez mil pasos. Me encendí un cigarro y me descalcé por si el mar decidía salpicarme.

No podía pensar con claridad, y estaba tan cansado que cualquier idea que pasara por mi mente tenía todo el sentido del mundo y al mismo tiempo era el peor razonamiento posible.

El mar estaba agitado, casi bravo. Me recriminaba que llevaba mucho tiempo sin venir a verlo, que no le presté atención. Que mi desconsuelo se veía venir desde lejos.

—Tenemos que hablar —me dijo. 

Entonces escuché todo lo que tenía que decirme. Aunque supiera que no hablábamos el mismo lenguaje. Aunque fuera todo producto de la desesperación y la carencia de herramientas emocionales para poder gestionar todo el dolor que llegaba, pero nunca se disolvía.

Ahora golpeaba y rugía. Cada ola un argumento. Irrefutable. Incontrovertible. Y dolía.

Aquella mañana me fui del espigón deseando que todo volviera a estar en paz.

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