Chocolate con chorizo

Chocolate con chorizo

«Raigambre. Esta analogía vegetal que invita a sentir una ligazón con el pasado y que toma forma de lugares, tradiciones, personas, afectos, etc. No obstante, la similitud del término anterior con la radicalidad resulta, cuando menos, sospechosa (de hecho, ambas palabras comparten «raíz»).» ¿De verdad le parecía original este burdo juego de palabras de escritorzuelo con ínfulas?

«La compartición de rasgos vitales con las personas cercanas encierra una gran utilidad práctica, ya que estos actúan como un lubricante social y permiten construir códigos comunes y reducir el espacio de la incertidumbre y la ambigüedad.» Otra vez la recurrente manía de querer impartir doctrina sobre absolutamente todo aquello que desconoce.

Las reflexiones que tratan de sentar cátedra sobre la vida le generaban una gran incomodidad, un sentimiento a caballo entre la glotonería y la repulsa, como un chocolate con chorizo. Afortunadamente, la autoflagelación fue súbitamente interrumpida por el sonido del móvil anunciando un número oculto. La cómica posibilidad de recibir la herencia del famoso príncipe nigeriano le invitó a retomar el hilo de sus cavilaciones literarias: «La vida pierde su capacidad de daño cuando uno es capaz de reírse de ella. Sin embargo, esto solo ocurre unos cuantos instantes a la semana, instantes en los que se puede paladear el sabor de la inmortalidad». Joder, otra vez estas frases nauseabundas. ¿Por qué no se le puede ocurrir algo original?

–¿Sí? –descolgó el teléfono, tratando de ocultar su desidia sin éxito.

–Hola, hijo, ¿qué tal va todo? –la interlocutora sonaba ligeramente cansada, lejana y, al mismo tiempo, extrañamente conocida.

–Disculpe, ¿quién es?

–¿Quién va a ser? ¡Mariana! Pero qué cosas tienes…

–Ah, sí, sí, Mariana, cuánto tiempo… –las inflexiones de su voz denotaban que no tenía la más remota idea de quién le llamaba. Es más, tampoco tenía intención de averiguarlo. Prefería seguir regocijándose en el bochorno que le causaban sus cursilerías ensayísticas.

–No sabes quién soy, ¿verdad?

–Eh…

–¡Tu abuela! Pero será tonto el niño… Mira que siempre lo decía mi José Enrique, que de ti no íbamos a hacer carrera. Pues más razón que un santo tenía.

–Ah, abuela, pues claro que me acuerdo, cómo no. –Al bochorno de sus frases empalagosas ahora se sumaba la culpa de haberse sabido siempre el miembro menos apegado de una estirpe a sus ojos demasiado afectuosa.

–¿Pero a ti te parece normal esto de no querer ni un poquito a tu abuela?

–No es eso, abuela, ya sabes que no todos expresamos el afecto de la misma manera…

–Ya, ya, el cuento ese del despegue.

–Desapego.

–Eso. Bueno, ¿y qué tal te va? ¿Cómo van las cosas esas que escribes?

–Bueno, pues tirando, ya sabes que los artículos apenas dan para comer y Madrid es una ciudad muy cara. Ahora mismo estoy escribiendo uno sobre la familia y las raíces pero, joder, es que no consigo juntar dos frases originales.

–Pero, hijo, no seas tan duro contigo mismo, ya sabes lo que siempre te decía: lo perfecto es

–Sí, sí, enemigo de lo bueno pero, abuela, últimamente no escribo nada remotamente bueno, ya no digamos perfecto. Solo me salen bodrios.

–Bueno, ya sabes que yo de esas cosas no entiendo pero siempre estoy pendiente de cuando sales aquí en el periódico y parece que a mucha gente le gusta leer lo que escribes. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, ¿no?

–Supongo que sí, abuela… Por cierto, ¿qué tal por ahí? –Pese a que rehusaba creer en la imparcialidad del criterio de su abuela, sus palabras siempre tenían un efecto balsámico que aliviaba su desazón.

–Pues nada, bien, se está tranquilo. Lo único malo es que hace un poco de fresco por las noches y no hay manera de que se me calienten los dichosos pies… Además, ya sabes que estoy un poco sola, aquí no tengo a nadie con quien ir a comprar el pan, así que os echo de menos. Supongo que tiene que ser así… Pero bueno, no te quiero aburrir con mis cosas de vieja.

–No me aburres, abuela, al contrario. Nosotros también… Eso… Que también te echamos en falta. El abuelo ya no quiere ni ver el fútbol desde que te marchaste.

–¡Ay, con lo que le gustaba! Bueno, me da a mí que no me queda mucho ya para ver a mi José Enrique. A vosotros todavía no. No porque no quiera, pero estáis muy bien por ahí.

–Supongo que sí, abuela, todo lo bien que se puede estar…

–Bueno, hijo, te dejo ya que parece que se corta la señal. Gracias por cogerme el teléfono, así me siento un poco más cerca de vosotros. Al hilo de lo de tu escrito, me acabo de acordar de una frase que leí no sé dónde. Decía algo así como que la vida consiste en cambiar las hojas sin perder las raíces.

–Ah, sí… Pues igual la incluyo en mi artículo. Gracias, abuela –dijo mientras le invadía la boca un repugnante sabor a chocolate con chorizo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada anterior No sé pa dónde voy pero sé de dónde vengo
Entrada siguiente Sin código postal: Alejandro Zambra