Casa abuela

Casa abuela

Con el paso del tiempo, he notado que varios recuerdos de mi infancia han adquirido un color blanquecino, digo blanquecino porque parece que un velo los cubre por completo; no puedo tantearlos por completo. He olvidado cómo se sentían mis dedos al tocar la corteza del árbol que estaba en casa de la abuela, así como también el gusto con el que solía comer tierra mojada. Tengo la impresión de que varios de los deseos que me atravesaban cuando era niña se han hecho pequeños, como figuritas de papel.

Existen momentos donde me invade el olor a panela y limón, entonces recuerdo las veces que la abuela preparaba limonada y la servía acompañada de chifles y aguacate. Pero sucede, el acontecimiento terrible sucede, ese que nubla mi cabeza cada vez que intento recordar más allá de la limonada y las manos de la abuela cortando limones. Me pregunto hasta dónde puede alcanzar la memoria, aunque más bien, hasta dónde puede ser capaz de resistir. El eco de mi infancia me llama en mis sueños; a veces, mientras duermo, escucho que la abuela me busca y me dice que la acompañe a ver su novela favorita. Despierto y no puedo hallar algún rastro de su presencia.

Voy a contarte un sueño que tuve hace un tiempo, mi mejor amiga dice que lo mejor que podemos hacer es relatarle nuestros sueños a otros. No hagas caso de lo que dice la gente, eso de anotar los sueños es basura, no sirve de nada. Es mejor si se los cuentas a alguien, son más reales. En aquel entonces no podía dormir, cuando cerraba los ojos una presión, como la de un yunque, se asentaba en mi pecho. En contra de todo pronóstico, logré dormir, aunque sentí que estuve despierta todo el tiempo, quizás fue así. En mi sueño, era niña otra vez y estaba descalza, recorría una casa pequeña que tenía una chimenea en la sala; afuera llovía e intentaba reconocer ese hogar que olía extrañamente conocido. En todo momento tenía la seguridad de que era niña, no solo por mi tamaño, sino porque todo lucía vivísimo e impregnado de cierta nostalgia. Todos los cuartos estaban vacíos, parecía que nadie habitaba ese lugar, aunque también tuve el presentimiento de que ese hogar había sido abandonado. Las yemas de mis dedos recorrían con extrema fascinación las paredes de cada cuarto, sentía que en cualquier momento iban a susurrarme sus secretos. No fue así. Luego llegó una oleada aterradora de tristeza, de desahucio, de miedo y angustia; me encontraba sola en un lugar desconocido, un lugar que me parecía curioso, pero que me causaba temor. Fue sencillo echarme a llorar, fue sencillo sentirme minúscula y perdida.

Pero ahí, en medio de la derrota y los berreos de animal herido, descubrí que se trataba de la casa de la abuela, de la casa tierna-dulce-infinita de la abuela. Sentí incluso más tristeza, porque esa no era su casa, no tenía el cuadro enorme donde coleccionaba llaveros, ni tampoco la vajilla china que había guardado desde su matrimonio; no se trataba de la casa gentil que me recibía con los brazos abiertos, sino de un lugar horrible. Sin embargo, en ese breve instante de reconocimiento, pude percibir el olor de panela cocinándose; la abuela debía estar preparando limonada. Mis piernas, mis piernas de niña, de niña torpe, se enredaron y no alcanzaron a llegar a la cocina. No la vi nunca, pero tengo la certeza de que estuvo ahí.

Mi mejor amiga dice que lo mejor y más útil es contarle nuestros sueños a otros. Así que quiero pensar que al contarte esto, has podido visualizar a mi abuela, aunque no te haya contado cómo se veía ni de qué color eran sus ojos. Pero espero la hayas imaginado haciendo limonada, era la mejor del mundo.

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