Zumo de naranja

Zumo de naranja

Hoy ha sido un día duro para el amor. Amanda no sabe dónde ha colocado su bolsa, la de ganchillo que tejió el mes pasado. Se ha levantado muy aturdida. Ha revuelto la cocina: los cajones, la despensa, los armarios. No sabe dónde más buscar.

La he oído llorar desde mi cama, pero prefiero no levantarme. Es molesto ver cómo le corren los mocos desde la nariz a la boca en forma de cascada. Se pone muy fea, se arruga más de lo que ya está y yo prefiero verla después, cuando tiene los contornos de los ojos secos. Rojos. Cuando está irritada y eso es todo lo que queda del estúpido llanto de olvido.

Se mete en la cama. Siento sus pies helados tocando los míos y oigo después en mi oreja un último sollozo. No me muevo, porque aún puedo sentir que está agitada. Dejo que me toque la cara y sus yemas chocan con mis relieves rugosos. Me pellizca. Ya está.

Para Amanda y para mí ha sido muy difícil llegar hasta aquí juntas. El tiempo ha sido confuso: largo en la extensión de las horas y corto en la de los meses. Cuando algo se nos pierde tememos no volver a recordar que se nos ha perdido. Muchas veces nos pasa y dejamos de buscar. Entonces, lo que nos da miedo es acordarnos de qué estábamos buscando.

 Es difícil sentirme en paz cuando estamos juntas, porque también temo que Amanda se olvide de mí. Eso me hace estar ansiosa. La hipervigilancia nocturna a la que someto a Amanda es primordial. Al fin y al cabo, ella es la mayor. Sé que se siente más segura si soy yo quien aparece a su lado cuando se pierde de noche, y a mí me reconforta verla temblando, llamándome a gritos. Sabiendo que me necesita para encontrarse.

Anoche me acordé de la primera vez que dormimos en este piso. Se hizo tarde, pero Amanda no lo sabía. Sus tripas sonaban un montón, como cuando era chica y mi madre me dejaba sin comer por haberme portado mal, cuando todos teníamos mucha hambre y poco que cocinar. Yo no quería castigar a Amanda, así que me levanté a preparar algo. ¿Pan? ¿Queso? ¿Una sopita de sobre de champiñón? Decía que no a todas las posibilidades, porque lo que de verdad quería siempre era zumo de naranja. Pero zumo de verdad. Naranjas, dijo Amanda. Fui a la cocina y busqué: en el frutero, sobre la encimera, en la nevera. Bingo. En el cajón transparente del frigorífico vi unas naranjas bien hermosas dentro de una bolsa de ganchillo. Eso es todo lo que recuerdo.

Ahora, tumbada en la cama junto a ella, soy yo la que se echa a llorar. Ya me acuerdo de por qué Amanda estaba segura de que tenía que buscar su bolsa en la cocina. Ella me oye, pero espera a que sea yo quien me gire y me deje consolar.

Cuando me doy la vuelta busco su cuerpo ahora flaco entre las sábanas, pero Amanda se ha perdido. Se me había olvidado que yo era la encargada de vigilarla. Miro debajo de la cama. Encima. En el armario. En el baño. En el salón. Y luego en la cocina: en los cajones, en la encimera, en la nevera.

En el frigo solo hay una bolsa de ganchillo que Amanda tejió hace unos años, de eso estoy segura. Dentro, unas naranjas blanquecinas y mohosas. Qué mal olor, las tengo que tirar. Luego compraré unas nuevas para prepararle zumo a Amanda.

4 comentarios en «0»

  1. Me flipa leerte, siempre me quedo con ganas de más, hace tiempo que no me concentro en leer, empiezo pero no puedo seguir, sin embargo tus relatos los leo y releo quedandome con ganas de más, sigue escribiendo eres una Crack , soy tu fans.

  2. Es un relato muy especial pero no podía ser de otra forma viniendo de una persona tan especial como tu eres. Leerte es como si te escuchara decírmelo a mi sola, sigue así y llegaras lejos mi niña.
    Deseando leer tu próximo relato.
    Te adoro mi niña

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