Yo, otra. En el umbral

Yo, otra. En el umbral

La duda, la duda… Me hace gracia que me hables de la duda, a mí, a la que solo un leve murmullo la hace tambalear. A la que un solo pensamiento, no importa lo fugaz o lo débil de esa chispa, incendia su lengua y devasta el habla.

Hace tiempo que me aqueja ese dolor tan común en nuestros días al que llaman ansiedad. He vivido detrás de esa sombra toda la vida, y solo ahora que le pongo nombre puedo apartarla de en medio unos instantes, puedo hacerme oír entre su algarabía. Porque yo existo por, con y pese a ella. Yo soy en esa interrogación, y aprendo poco a poco a aceptarla; aceptar la incertidumbre. Descartes probó que el pensamiento, la duda, es el principio de todo conocimiento. Si pienso, existo. ¿Pero cómo lo hago? ¿Quién es, verdaderamente, esa mujer que pregunta? ¿Alguien puede confirmarme su identidad?

En ese sentido, se me ocurre que yo soy yo, pero también soy otra. Soy la que se reafirma, la que defiende su propia dignidad, sus creencias y sueños; soy a la que han herido y por ello se marcha. Y soy, también, la que detiene el vaivén de su mano, la que se pasa horas frente a la pantalla o la hoja vacías, deseando escribir, pero incapaz de decir algo que la convenza; la que no perdona el error o el fracaso. Me detesto, y con todo siento un profundo respeto por mí misma. El amor propio pende de un hilo, fino y transparente, abierto a la posibilidad de ser crisálida o de caer sin remedio.

Yo también me apoyo en mis amistades. Ellas, en mitad de la vorágine, del caos de mis pensamientos, de la autodestrucción y el barro, me bajan a la realidad. Cuando me digo a mí misma que no sirvo, que jamás seré tan buena como el resto de la gente, cuando no dejo de compararme o de empequeñecerme, posan su mano sobre mi hombro y apuntan con el dedo hacia una masa nebulosa e indescriptible, una maraña indescifrable de ideas que se ciernen sobre mi frente: esa es la que te destruye, no le hagas caso. Me acercan a una visión más distante y fría de mí misma, nunca exacta o nítida (¿quién te dice que acaso a ellas no les ciega parcialmente el afecto?). Pero tampoco oscura, tampoco abismal.

En este sentido, escribir es, del mismo modo, observarse desde un punto lejano, tomar conciencia y rescatarse. Yo también, tejiendo con vacilación e inseguridad este texto, libero mis hombros y me vuelvo lúcida y hasta mordaz con aquella yo que me cuestiona y reprueba. La literatura es un espejo: da miedo acercarse a la imagen. Pero a la vez, qué placer, qué refugio es sentirse proyectada en esa ilusión que nos acerca un poco más a la realidad.

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