Un interludio sereno

Un interludio sereno

El agua se tragó a Sully una tarde de verano. Una catástrofe sin mucho artificio. No gritó, no pidió ayuda. Aceptó su destino sin más. El agua lo hizo suyo en cuestión de segundos. La bravura de las olas cesó en cuanto se zamparon al pequeño Sully. Una llanura celeste se extendió en el horizonte. El viento pareció congelarse. El sol ya no calentaba. El griterío de la playa se transformó en una mudez fúnebre.

Bajo una sombrilla ladeada, sumida en un sueño profundo, Dolores despidió un soplido parecido al llanto. Abrió los ojos al cabo de un rato con cierto fastidio, atacada por el zumbido de una mosca. Somnolienta, miró hacia la orilla. Su bostezo pareció emular un grito sordo. Los pulmones se le encogieron. El cuerpo reaccionó antes que su razón frente la tragedia. Tumbada en la arena, con el rostro perlado de granos de sal, Dolores leyó el destino de su hijo en la planitud de las olas. Una lágrima gruesa rodó por su rostro, arrastrando consigo la crema de sol de sus mejillas.

El silencio duró el mismo tiempo que tardaron en llevarse al pequeño. Nadie pareció fijarse en la nueva caracola que las olas habían escupido. La misma que había estado engarzada entre los dedos de Sully hasta el momento de su muerte. El verano volvió a existir sin más. Las madres siguieron untando crema solar en la espalda de sus hijos; las abuelas, sacando fiambreras humeantes con tortillas de patatas y filetes empanados; los padres, ausentes, siguieron jugando a la brisca; los niños, construyendo castillos torcidos con arena y agua. Dolores no. Dolores no se movió lo más mínimo. El sol se puso frente a ella. Los pescadores se instalaron cerca de las rocas, listos para extender sus cañas sobre el agua nocturna. La playa quedó desierta incluso de las gaviotas y Dolores no se inmutó. Siguió mirando en la distancia, al lugar de donde habían sacado el cuerpo inerte de Sully.

En su niñez las tardes como aquella siempre habían finalizado con una ducha fresca, la nariz despellejada y un sueño plácido, en blanco, como si contuviera todos los rayos del sol. La boca le salivó al recordar el zumo de naranja que tomaba con el desayuno, antes de enfundarse en un bañador y animar a sus padres a bajar a pasar el día junto al mar. Por entonces, la llamaban Lola o Lolita, pero no Dolores. Aún era un nombre demasiado lastimoso para una niña. Lola, la hija de doña Juana; Lolita, la pequeña de los Vélez. Cuando bajaba las escaleras a trompicones, las vecinas elogiaban su atuendo, pareo y gorrito incluido, y comentaban su crecimiento. No faltaba un pero mira qué grande estás, ni un anda qué bien te queda ese conjunto o un dale un besito a tu abuela que ya nunca baja a la plazoleta. También recordó los cuchicheos sobre su futuro cuando ya fue Dolores, la mocita; Dolores, la rechistona. El temor en los ojos de su padre, que vivía como encogido, tembloroso ante la vida. La mueca que surcaba su rostro con cada no vayas por ahí, no hables con nadie, no vistas de ese modo, no respires demasiado fuerte, no sonrías, no llores, no bailes, no cantes, no acabes igual que tu hermana. Recordó la angustia, la frustración. El alivio cuando ya no temió nada de todo aquello y el recelo floreció en melodías, suspiros y amor. El mismo que trajo al mundo a Sully para infundirle todo el valor que su padre le había negado. ¿Había intentado protegerla?, ¿evitarle sufrimiento?, ¿sabía que su nieto moriría ahogado, sin ser socorrido por nadie?, ¿vivir eternamente encogido era mejor, después de todo, que morir erguido pero de forma prematura?

Bajo el cielo estrellado, Dolores se preguntó si no había un gris, entre el blanco y negro de la vida. Un destino inequívoco. Un interludio sereno, sin temor ni ausencia. No quedaba bondad o compasión para ella. Prescindió de saber la respuesta.

No se levantó. Allí estuvo hasta el final de sus días, sobre la arena. Impertérrita. Su sombrilla se esfumó un día de ventisca. Trueno, relámpago y tormenta destruyeron el gorrito que había estado tejiendo la tarde del ahogamiento. La lluvia dejó de caer sobre su cabeza. Las olas no la invistieron, la arroparon con cariño. El sol tostó su piel, nunca la achicharró. Hilandera de algas y coral, fue paisaje marítimo. El tiempo que corría por sus venas se congeló. La vejez surcó las arrugas de su rostro, pero pasó mucho antes de que exhalara su último aliento. Todos olvidaron su nombre, asumiendo que era una estatua de sal. Un montículo de tierra anclado en la playa en la que alguna vez, una tarde de verano, el agua se tragó a Sully.

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