Todo lo que sí, y lo que no también

Todo lo que sí, y lo que no también

Vivir en el vacío de la posibilidad siempre me ha generado vértigo. Caminar sobre los límites de lo que pudo y nunca fue, retroalimentarme en la idea de todo lo diferente que podría ser mi vida si no hubiera cogido aquel avión con destino a un pequeño pueblo alemán o hubiese elegido un instituto diferente para pasar mi adolescencia. Me paro a pensar en la posibilidad y me descubro enredada en la idea de una vida diferente por elecciones que no hice y decisiones que no tomé. 

De noche, todas las posibilidades que no fueron me asaltan. Me preguntan si sería más feliz si me hubiera atrevido a tomar aquel camino, a hacer aquella pregunta, a dar aquel beso o a cambiar mi decisión. La noche tiene algo especial que me atrapa, me empuja a imaginar y da cabida a todas las vidas que me habría gustado experimentar. Me resulta curioso cómo puedo recrear con exactitud escenarios que jamás se dieron y que ya solo pueden existir en mi imaginación. Y es extraño ver mis emociones enfrascadas en un puñado de sueños e hipótesis elucubradas al azar. Hay momentos anclados en mi memoria. Son el eslabón perdido que me une a las infinitas posibilidades que genera mi mente las noches en que les concedo permiso para imaginar. Son segundos exactos que viven en mi cabeza y aparecen exigiendo alternativas. Todo aquello que no fui me acompaña. Vive dentro de mí y aparece en la oscuridad de las noches. Me empuja a replantearme todas las posibilidades que todavía tienen cabida en la realidad, y no se quedan en la maraña que envuelve mis pensamientos. La melancolía es una puerta que frecuento cuando miro atrás y presumo de lo que pude hacer diferente. A veces, me atrapa con fuerza el sentimiento de tristeza por todo lo que se quedó atrapado allí. Y caigo de golpe en emociones muy transitadas, viejas amigas muy conocidas que me llevan a la idea de lo efímero y la finitud. Y entonces aparecen los libros, lugares seguros que siempre tuvieron respuesta para casi todas las incógnitas de mi vida; haciéndome chocar de frente con un gran psicoterapeuta que me ayuda a reconciliarme con mis decisiones. Yalom, que tiene una experiencia amplísima y una forma muy sutil de ver la vida, escribe: «abandona la esperanza de un pasado mejor»; y hace que de golpe todas las mariposas de mi cabeza se vuelvan frágiles pompas de jabón que van estallando una por una, para ayudarme a darme cuenta de que todo lo que no fui me conforma. Todo lo que no dije me llevó a donde estoy ahora. Todo eso también soy yo. Así, de repente, me veo diferente. Pienso en las posibilidades de la persona que tampoco seré y, rendida por el sueño, bajo la guardia y termino por aceptar todo lo que no hice un día, para poder ver quién soy hoy.

Pero esto no es un punto y final, porque seguirá habiendo noches donde imagine una vida paralela, donde me refugie en el quizá y el ¿y si? Donde intente experimentar todo aquello que no fue, y no será. Seguirá habiendo noches donde deje que se cuelen las incógnitas que me empujan a seguir cambiando, a seguir reflexionando en si todo lo que no digo también tendrá un lugar en el futuro. Seguiré dando espacio a todas las marañas de pensamientos que me hacen replanteármelo casi todo, y me llevan una y otra vez a experimentar la urgencia de vivir ahora y no en la posibilidad de las noches. 

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