Sin código postal: Nelly Arcan

Sin código postal: Nelly Arcan

El problema de la locura es que se guarda más de un truco en la manga, (…)
la locura acierta a revelarse demasiado tarde y pasa por
un rasgo del carácter o incluso por una estrategia de seducción,
sabe darle muerte a los atractivos de la lolita.

Nelly Arcan, Loca

Para que tú me entiendas:

Desde hace meses tengo un temblor dentro del pecho. Se trata de una vibración antigua que resuena cada vez más fuerte, una voz animal y rabiosa que me susurra que muerda, que mastique y escupa. Me requiere que devore, sin deglutir, a aquellos hombres que me han dañado de alguna manera. El impulso violento es directamente proporcional a mi vínculo con el hombre en cuestión. Mientras más lo haya amado, más querré destruirlo. Muchas veces he tenido que evadir unas ganas furiosas de desmembrar a aquellos que quise y no supieron quererme. Nelly, me pregunto si esto es la locura.

Al final, nunca despedazo a nadie. Solo les escribo cuentos que no leerán. Durante estos meses de temblor pectoral en los que he meditado, he conversado con amigas y con mi terapeuta, me he drogado y he escrito para contener a mi homicida interior, también me he cuestionado de qué sirven las palabras. Para qué tantas palabras, tanto ensayo y redacción, pensamiento y diálogo. Tú me diste la respuesta, Nelly Arcan, y por eso te escribo.

Si te tuviese delante, te preguntaría cuál es la pena más rápida, el castigo más sencillo y satisfactorio para desquitarse de un amor viciado. Estoy segura de que responderías: «Córtale el rabo y déjalo dentro de una botella de whisky barato, en la mesa del comedor, y dile a todo el que entre que le has amputado su miembro favorito para enseñarle su fealdad al mundo». Sin embargo, si te preguntara por la mayor pena, por el castigo más doloroso, contestarías: «Ah, no sé, haz como yo. Escríbele una carta». Sacarle el filo a una palabra es más complicado que a un cuchillo, pero en ella el reflejo siempre es nítido. Tú me has enseñado que las palabras que vibran en mi tórax están para acuchillar.

Así que, siguiendo tus pasos, me abriré el pecho:

Mi hombre era guapo, como el tuyo, y grande, como el tuyo. Absorbía toda la atención. En las reuniones sociales él también era una supernova, controlaba el cosmos de la sala. Y yo, al igual que tú, menguaba a su lado. Los únicos momentos en los que me sentía más grande que él eran en los que se reía. Mi hombre tenía una risa diminuta, como si llevara un niño dentro del cuerpo, y cuando se reía yo me avergonzaba de él y entonces me veía inmensa.

Por lo demás, este hombre me volvió obsesiva y agónica, como a ti. Miraba sus redes sociales y su email, caminaba por los alrededores de su casa, lo seguía con recelo por los bares, observaba a sus ex parejas de cerca. Por las noches lloraba, igual que tú, para castigarlo. Le creía cuando me llamaba controladora, cuando me decía que le había engañado, que el día que se enamoró de mí yo era otra mujer, una que ya no estaba: mi locura había asesinado a la lolita. No llegué a quedarme embarazada para conservarlo, como hiciste tú, pero lo pensé.

Durante mucho tiempo me figuré que las cosas eran así. Que follar con el sexo opuesto era follar con el poder encarnado en hombre o en mole. Que el amor, Nelly, utilizando tus palabras, encaja con el peligro de muerte.

Algo cambió el día de la fiesta en casa de sus amigos. En el supermercado, mientras él escogía la cerveza, me encargó que fuese a por algo de picar. Algo bueno, que agradara a todos. Aplastada por el peso de la petición y de sus expectativas, estuve varios minutos en el pasillo de los aperitivos. Cogí aceitunas y queso, y después los dejé en la estantería por resultarme predecibles. ¿Focaccia? ¿Mutabal? También los abandoné donde estaban, tal vez sus amigos los considerasen demasiado extravagantes. El baile entre estantes y productos duró un rato más. Entonces llegó él, con tres packs de cervezas, y me reprochó que tardara tanto. Rápidamente agarré un par de empanadas de atún y nos fuimos. Por el camino yo llevaba uno de los packs y las empanadas, que se deslizaban sobre las latas. Continuaron los reproches. «Vamos a llegar tarde». «Eres demasiado insegura». «No lloriquees, te estás poniendo en ridículo». Quise decirle que él había tardado lo mismo en elegir la cerveza, tarea mucho más sencilla, pero el vendaval que originaba al hablar me dejó en silencio.

Entre mis costillas, en ese momento, escuché por primera vez el impulso violento, la voz antigua, la vibración animal. Sentí la absoluta necesidad de tirarle las empanadas y de reventarle las cervezas en la frente. No lo hice, claro, aunque me di cuenta de que nuestra relación debía terminar. Sus amigos agradecieron mis empanadas, pero nuestra relación no acabó hasta un año más tarde, cuando me preguntó por qué mi pecho retumbaba de esa manera.

Nelly: ¿es esto la locura?

Con toda mi rabia y mi devoción,

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