Sin código postal: Mary Shelley

Sin código postal: Mary Shelley

Nada es tan doloroso para la mente humana
como un cambio violento y repentino.

Mary Shelley, Frankestein

Para que tú me entiendas: 

Durante años fui niña y mi cuerpo permaneció entero. Paseé brazos y piernas y tórax y culo, semi desnudos, sin preocupaciones. Durante años fui un cuerpo estéril, no suscité interés. Al menos hasta que la biología comenzó a demandar y mi carne creció en todas direcciones. No fui la única en darme cuenta. A la par que ocurría la transformación biológica, algo más se movía a mi alrededor: hubo también un rito de nombramiento, un proceso consensuado en el que mi carne era deshecha y vuelta a construir.

Igual que a tu criatura, Mary Shelley, a mí también me crearon a partir de pedazos. Tengo el cuerpo de tantas mujeres a la vez que ya no sé cuál es el mío.

Recuerdo un día (o tal vez fueron semanas, años) en el que los Frankestein me tumbaron a la fuerza sobre una camilla de operaciones. Me cambiaron los miembros. Seccionaron mi carne y le dieron nombres nuevos. Un amalgama de voces opinaba sobre qué sería qué. Los tobillos de oficinista, los muslos de cantante de R&B, los hombros de nadadora, los brazos de vieja, el cuello de bailarina, el culo de frutera. Tras despedazarme y volver a coserme el cuerpo ajeno, los Frankenstein esperaron al rayo más violento de la tormenta y accionaron la palanca. Entonces, como la criatura, levanté la vista al cuadrado de cielo sobre mis ojos y «una extraña multitud de sensaciones se apoderó de mí, y empecé a ver, sentir, oír y oler, todo a la vez». Los Frankestein comprobaron mis constantes y la brutalidad de su obra, y se marcharon. 

De la noche a la mañana, me quedé a solas con un cuerpo formado por el de muchas extrañas. Me dolían los puntos, me escocía el cambio. ¿Crees, Mary Shelley, que se puede estar en paz con el experimento? ¿Piensas que se llega a asumir esta nueva carne?

Ahora que comienza la época de playas y piscinas, el verano insiste en que exponga mi piel, en que se me vean las costuras. Quedan al descubierto mis pedazos más desagradables, aquellos que no se consiguieron ensamblar. La barriga flácida, las tetas sin grasa.

En la playa adopto posturas complicadas en las que intento parecer cómoda. Me siento con una sola pierna flexionada y dejo la otra inerte sobre la toalla. Los brazos, hacia detrás, soportan el peso de mi espalda. Así, mi barriga se ve plana y ningún Frankestein que pase por allí en speedo (sin vergüenza, su cuerpo es solo suyo), puede opinar que los pliegues de mi tripa sean los de una parturienta o un ama de casa. Además, esta es la posición ideal para mis tetas vacías: no sucumben a la gravedad ni tampoco caen hacia los lados. Tengo pechos pequeños de Kate Moss, según determinaron, pero con la mala suerte de que a mis veintisiete años ya cuelgan como dos saquitos de arroz. Por eso jamás hago topless. 

Si aguanto esta postura demasiado tiempo, la arena se me clava en las palmas de las manos. Las muñecas me duelen, los brazos me tiemblan. Entonces me dejo caer de costado, debo descansar la columna y darle un respiro a los codos. Pronto me arrepiento: compruebo, en las gafas de sol de mis amigas, que la tripa se me desparrama hacia abajo, el culo de frutera se muestra en un ángulo poco favorecedor y se ven los puntos de sutura de mis muslos, aquellos de cantante de R&B. Como única solución, me amarro la toalla a la cintura o me echo una blusa ligera por encima. Sudo, me siento pegajosa, pero así nadie más que yo reconoce mi naturaleza de criatura. 

Mary Shelley: han pasado años desde que estuve en aquella camilla y aún me rasco las costuras. A veces me digo que es solo cuestión de convivir con el cuerpo extraño un poco más, lo suficiente como para hacerme a él. Debo amoldarme a estos brazos de vieja, por ejemplo, de los que cuelgan piel y grasa. Lo intento. Los miro en el espejo y les digo cumplidos de enamorada: no sois brazos de vieja, sois alitas de pájaro. En ocasiones incluso los beso. Sin embargo, hay veces que miro las cicatrices y pienso que nunca dejaré de sentirme criatura. «Desde el momento en que me condenaron, el confesor ha insistido y amenazado hasta que me ha convencido de que soy el monstruo que dicen que soy». La carne me estorba incluso cuando estoy sola. Mi piel cosida no me deja salir de ella. Las costuras me recuerdan que no fui yo quien ensambló este cuerpo. Frente al espejo, clavo las uñas en los puntos de sutura e insisto en deshacerlos. 

Y tú, Mary Shelley, ¿crees que se sobrevive a la camilla? ¿Fuiste capaz de levantarte de ella?

Con toda mi carne y devoción,

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