Sin código postal: Elaine Vilar Madruga

Sin código postal: Elaine Vilar Madruga

Al cabo de una hora se llevaron el cadáver dentro de una bolsa negra con huequitos. Una bolsa ya utilizada por demasiados cuerpos, pero qué se podía esperar de un día de mierda como ese, ni zapatos le habían dejado a la Copita, ni zapatos ni dignidad. Una bolsa para cadáveres nueva hubiera sido demasiado pedir. Las putas van a la fosa en harapos. Cuando más, se llevan del mundo su propia belleza.

El cielo de la selva, Elaine Vilar Madruga

Para que tú me entiendas: 

«Es lunes y la última vez que miraste el reloj eran las tres y media de la madrugada —hora del Diablo—. Las farolas están a mucha distancia las unas de las otras, tú estás un poco borracha después de los tantos vinos que has tomado con los amigos, el suelo sigue húmedo tras la lluvia que cayó a lo largo de todo el día y el asfalto resbala. Tus botas están gastadas y no servirían de mucho si tuvieras que echar a correr, probablemente caerías de boca. Pero ¿por qué tendrías que echar a correr? ¿Porque es la hora del Diablo? —¿Quién es el Diablo? ¿Qué formas toma?— No, claro que no es por eso, no eres supersticiosa. Pero es lunes, es muy tarde, no hay nadie en la calle y tú eres una mujer joven. Aunque también podrías ser vieja. Incluso podrías ser niña. Adolescente, madura, como sea. El caso es que eres mujer». 

Este valdría como inicio para cualquier thriller o cualquier relato de horror. También funcionaría como historia real en un periódico serio y, claro está, como final para una noche corriente en nuestras vidas. Porque el terror —y esto lo sabes bien, amiga Elaine— lo conocemos y escribimos las mujeres. 

Como tantas otras lectoras, me comí El cielo de la selva de un solo mordisco. Como tantas otras lectoras, me vi escondida y castañeteando dientes entre sus páginas. Por supuesto que nunca he estado en una selva caníbal ni me han convertido en perra enjaulada, tampoco he sido carnaza ni puta en un barrio caribeño. Pero, como tantas otras lectoras, he sentido el terror enroscado en torno a mí. En mi cabeza siempre aprieta, como serpiente, la posibilidad —tan real— de que mi cuerpo se convierta en un pedazo de carne que violentar.

Quisiera saber, amiga Elaine, si tú también opinas como yo. ¿Cómo es posible que la ficción, incluso tratándose de una fantasía —selvas que lamen con lenguas vaporosas y tataguas que forman coronas para señalar la muerte—, sea tan real?

Recuerdo que cuando trabajaba como niñera en Roma debía volver a casa a pie. Tenía que pasar por la plaza Vittorio Emanuele II a eso de las ocho, en pleno invierno y en plena noche cerrada. Siempre había una serie de hombres que sencillamente estaban ahí, quietos, mirando. Algunos no se contentaban con mirar, también hablaban, decían. En una ocasión, conté doce agresiones verbales en un trayecto de diez minutos.

No había nadie más que yo y esos hombres en la plaza.

El grito lo habrían engullido los árboles.

Mi cuerpo era comida para aquella selva en la ciudad.

Nunca ocurrió nada más allá de las agresiones verbales, que oye, «no son para tanto». Pero sí me hizo pensar. Las experiencias de terror cotidiano que he vivido personalmente o que conozco por amigas, además de haber leído a autoras como tú, amiga Elaine, y haber visto de nuevo esas películas en las que las protagonistas son torturadas —El resplandor, La niña del exorcista, Psicosis, Carrie, por poner ejemplos del cine clásico— me han hecho darme cuenta de que el horror no es neutro. La fantasía y la ficción lo recubren, lo disfrazan y lo convierten en una historia maravillosa, de verdad terrorífica, pero lo que queda debajo es aún peor. Por eso la Copita, asesinada al borde de la selva, una muerte en la que no intervino nada más que la realidad misma de ser puta, fue para mí lo más difícil de leer en El cielo de la selva. No se disfraza de nada, esa muerte. Sencillamente es. Cruda y brutal, desnuda de invención. 

Hasta las botas le robaron.

A nosotras esto ni siquiera nos sorprende: en nuestro mundo, lo cotidiano es siempre un posible relato de terror. Una estación vacía, el nuevo novio de tu madre, los vestidores del gimnasio, el portal mojado, ese que decía ser tu amigo —fíjate, este último me da para un cuento completo…—. En el pasado yo no temía. Pero para nosotras, el terror no es algo que desaparezca con el tiempo, sino todo lo contrario: las noches se suceden y a base de temblores aprendemos que la oscuridad no es un cuento de niños.

Recuerdo también que, cuando vivía en Roma, a los veinte años, solía darme paseos de madrugada antes de volver a mi piso. Borracha y sola, como la historia al inicio de esta carta. No era, por entonces, consciente de la cantidad de ojos y lenguas que se esconden en lo oscuro. Pensaba que aquello que cuentan las madres sobre la noche y lo desconocido se trataba de una artimaña para hacernos llegar antes a casa. Meses más tarde, cuando ya había regresado a España, me enteré de que en mi barrio —por una de las calles que yo caminaba sin desconfianza— una chica había sido drogada, violada en grupo y asesinada. La encontraron muerta en un edificio abandonado. No exagero, no he añadido ni una pizca de ficción a lo ocurrido. Fue así.

A esta chica le quitaron absolutamente todo. A mí me enseñaron a ver qué hay dentro de las sombras. Aprendí una cosa o dos sobre la cautela, sobre el recelo. En gata me convertí. Aún lo soy. 

Amiga Elaine, creo que ambas estamos de acuerdo en que, si eres mujer, no hace falta inventar apenas nada para contar las mayores historias de horror. No necesitamos apagar las luces, ponernos una lámpara bajo la barbilla y hablar en voz queda. Nosotras convivimos con los ojos que parpadean allí, tras lo oscuro. Como castigo, al marcharnos nos llevamos del mundo nuestra propia belleza. 

Y tú, amiga Elaine, ¿crees siquiera que tengamos que vestir al horror de ficción? ¿No es ya parte del relato cotidiano?

Con todo mi miedo y devoción, 

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