Salir de la balsa, habitar el museo

Salir de la balsa, habitar el museo

Esta fotografía llamó mi atención mientras deslizaba el dedo por la pantalla de mi móvil, y hacía girar el carrusel infinito de imágenes del viaje. Fue tomada sin otra pretensión más allá de demostrar que estuve allí, igual que el resto de pruebas documentales que se amontonan en la memoria del teléfono. Me detengo un momento a observarla. 

En primer plano, los turistas sentados en el banco del museo, con mascarillas, mapas de la galería, y teléfonos móviles. Al fondo se puede ver el enorme cuadro de La Balsa de la Medusa de Gericault. El dramatismo de la escena del naufragio atrapa nuestras miradas. Casi se pueden sentir las olas enfurecidas contra la débil balsa, el olor a descomposición de los cadáveres, la ansiedad, la tristeza, el abandono.

La composición muestra un contraste entre las figuras retorcidas de los náufragos del cuadro amontonados en la balsa frente al grupo de visitantes del museo reunidos en el banco. En un primer momento parece que ambas escenas pertenecen a mundos diferentes que conviven en la distancia absoluta de dos líneas paralelas. Pero la captura de ambas escenas reunidas en el marco de la fotografía nos permite crear una conexión entre ambas. La imagen incita a crear un vínculo entre los sentimientos del cuadro y los turistas del museo.

¿Qué pueden compartir los cuerpos de los náufragos del cuadro con los de los turistas? ¿Existirá también desesperación en las figuras que reposan serenas en el museo? ¿Cuál es la angustia de las personas del banco? Me imagino su prisa por querer ver todos los cuadros del museo, la frustración al encontrarse la interminable cola para hacerse una foto con la Mona Lisa (sería un fracaso irse de allí sin esa prueba documental), la ansiedad por querer comprenderlo todo de forma inmediata. 

Escuchan las audioguías a velocidad rápida porque el detenimiento y el vacío del pensamiento pausado se les hace insoportable. Mientras tanto, capturan en sus móviles todo lo que pueda ser compartido y sienten una decepción punzante cuando comprueban que su último post no ha tenido tantos likes como esperaban. Entonces, se sienten pequeños, minúsculos, como una balsa invisible en medio del océano. Se sientan a descansar en el banco y actualizan la aplicación para comprobar de forma compulsiva si ya han sido vistos, si se divisa alguna señal de reconocimiento externo. Sus pupilas, sedientas de cifras, esperan visualizar el próximo número que les defina, de dinero en la cuenta, de notas en el expediente académico, de seguidores en las redes sociales.

Me fijo en el mar, el viento y el color de la tormenta en el cuadro. Imagino el bamboleo constante de los fragmentos de madera de la embarcación. Y me pregunto si nosotros no vivimos también agarrados a una balsa que se zarandea por diferentes corrientes de agua, que no sabemos de dónde vienen ni hacia dónde se dirigen. En una tormenta sin pausa, que no nos deja tiempo para pensar dónde estamos, en qué consiste nuestro propio naufragio. Estamos inmersos en un torrente constante de estímulos que atraemos deslizando la yema del dedo por la superficie de una pantalla. Es difícil señalar la verdad, cuando nuestro dedo vaga de un tema a otro sin detenernos más de un segundo en una reflexión pausada. Así, los acontecimientos fluctúan como olas que van y vienen, pero son incapaces de empapar nada. 

Recuerdo esta frase de María Zambrano: «No hay nada que degrade y humille más al ser humano que el ser movido sin saber por qué, sin saber por quién, el ser movido desde fuera de sí mismo» (2019, p.28). Los turistas, como náufragos consumidos por el mar, están agotados por la inercia de la producción constante. Ya casi han olvidado qué se siente al pisar un suelo estable, cada vez tienen menos momentos de pausa y soledad. 

Surge la pregunta: ¿cómo se puede detener el naufragio? El pensamiento nos permite abandonar de forma momentánea la balsa, es un momento de calma en la tempestad de la tormenta. El ejercicio de la Filosofía nos aleja del mundo que habitamos para poder observarlo desde fuera, igual que un cuadro colgado en la pared de un museo. «Sólo alejándonos podemos facilitar un ver en contexto sin pasar por alto las formas calladas en que el poder de digitalización nos afecta», advierte Remedios Zafra (2021, p.119). Esa separación nos permite convertir el mundo en problema, antes de volver a introducirnos en él. El náufrago que es capaz de observar la balsa desde el museo, vuelve a ella con más conciencia, más comprensión, y un poco más libre. 

Supongo que aquí reside ese valor intangible, incuantificable,  de las Humanidades, las Artes y la Filosofía: la capacidad de sacarnos de la balsa para habitar el museo, al menos un ratito, antes de volver a introducirnos en la tormenta. Quizás sea esta actividad del pensamiento distanciado la que nos permite dirigir nuestra vida, trazar nuestro rumbo, vivir como seres humanos.

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