Relato de ausencias

Relato de ausencias

Las horas son las comidas. Desde que tengo consciencia de mí misma y de mi alrededor, el paso del tiempo se mide en comidas. Por la mañana desayunas. La comida más importante del día. La que te da energía. La del rey. Después de clase la comida. La comida variada. Completa. Sabrosa o lentejas. El sopor de después de comer. La siesta. La merienda. La merienda dulce o salada. Equilibrada o no. El azúcar, la fruta. Zumos sí, zumos no. Un café. Mejor un té. Mejor una tila. La cena escasa, pobre. Ligera. Rápida. Y a dormir. Hasta el desayuno. Eso es un día. Uno a cero. Me pregunto si para mi abuela la comida también son las horas. Pero para ella, son lo que hay que cocinar.

Ahora que vivo sola, en mi casa, disfruto de no tener tiempo para cocinar. Todo es tan veloz y frenético que a veces la vida se deja de medir por las comidas. Se mide por la pasión. La espera al próximo gran encuentro. El alcohol. Mis amigos. El amor. Hasta que empiezo a sentirme mal y cocinar es lo único que me sitúa de nuevo en este plano de la vida. Las mañanas aquí son solitarias. Además, no consigo que se haga del todo de noche en esta habitación. La ventana no tiene persianas, y una fina cortina blanca es lo único que separa la farola de la acera de enfrente de mis párpados cerrados. Es blanca, pero no opaca. Debería levantarme temprano y empezar mis lecciones de piano antes de ir a clase. Nunca lo hago. Casi nunca. Si me acuesto tarde me levanto tarde. Si me levanto tarde, me duermo la siesta. Si me duermo la siesta, me acuesto tarde. Ahora el ritmo de mi vida lo marcan mis horas de sueño. Dos a cero. Cuando consigo levantarme ando descalza hasta el salón y abro el balcón. El barullo de la calle se mete en mi casa y el piano me mira. Dibujo medio corazón en el polvo de la tapa y me miro el dedo. Hasta que el polvo no haya cubierto mi dibujo, no lo voy a limpiar, me digo. Han pasado meses desde que dibujé el último.

Cuando vivía con la abuela la música siempre sonaba en casa. Desde que se levantaba. La música medía el tiempo de mi abuela, además de la cocina. Odiaba saber que había llegado la hora de despertarme porque unos acordes estruendosos salían de un pequeño equipo de música que mis tíos le habían comprado en El Rastro. Mi abuela. Le asomaban unas canas de un par de centímetros y luego la permanente. Castaña. Las canas denotaban ya un cierto indicio de rebeldía en sus últimas voluntades. Descuidada la cabeza, firme de cuello para abajo. Llevaba vestidos largos en los que yo perdía la noción del tiempo cuando no pensaba en comer. Unas flores blancas que cubrían la tela me abrazaban en el parque los días de verano, solo para avisarme de que algún día las horas serían más cortas. El invierno. Llegaba el invierno y las horas de luz medían el tiempo. Tres a cero.

En invierno me enamoraba. Desde ese año, me enamoré cada invierno. Cuando le conocí el tiempo empezó a hacerse un muelle. Sobresalían las horas en cada actividad en la que no estuviera con él, y cuando le veía las horas se enroscaban en las esquinas de la habitación condensándose en pelusas. Entonces cerraba los ojos. Cerraba los ojos para desplegar el tiempo en mi cabeza. En esa época no comía. Porque si estás enamorada, se te quita el hambre. Solo nos comíamos el uno al otro. Aprendimos a hacerlo. La primera vez que nos besamos metí la lengua demasiado rápido y él cerró la boca muy pronto. Me mordió. Nunca me habían comido. Nunca había sido la línea temporal de nadie. Pero en ese momento lo fui. Cuatro a cero. Él fue mi cronómetro y yo su cuenta atrás. Cuando el contador se puso a cero, las horas las empecé a contar por las veces que lloraba. Por las veces que dolía. Dejaba de doler. Y al final dolió definitivamente. Luego dejé de contarlas, porque mis lágrimas sobreponían el paso del tiempo. Cinco a cero.

Mi abuela y yo solíamos llevar la cuenta de las veces que nos atragantábamos. Todas esas veces en que estuvimos a punto de morir. Por haber soltado una carcajada con la boca llena. Por haber seguido hablando sin haber tragado una enorme bola de pollo empanado que seguía creciendo en mi paladar. Masticaba, no tragaba. Come ensalada decía. Bebe agua. Por haber querido desplegar mi voz antes de tiempo. Por la impaciencia. Me sigue pasando, abuela: me atraganto cuando pienso demasiadas cosas a la vez. Me como la cabeza. Yo sola, a mí misma. Seis a cero.

Cuando empecé a leer Pura pasión estaba convencida de que simplemente el hecho de haber esperado el momento más oportuno iba a hacer que fuera una lectura más fácil. Pongo en pause la vida. Porque pienso que leyendo puedo controlar el transcurso de los meses. Medir la vida en lecturas. En las personas que me recomiendan las mismas. En ti, a quien me recuerdan todas las historias de amor que no entiendo. Todas las historias de amor que no acaban. Las páginas que subrayo enteras, porque ya no las puedo compartir contigo. Mi último invierno. No puedo subrayarte, pero si te fijo escribiendo tu nombre en la esquina superior derecha siento que te atrapo. Siete a cero.

En casa lo que más nos gustaba comer era pollo empanado, ensalada, y lo más importante: huevos. Los comíamos fritos con ajo en polvo, sal, pimentón y vinagre. A mí, que me fascinan, me fastidiaba bastante tener que ir a comprarlos cada semana al supermercado. Quería tener gallinas en casa. Quería hacer un gallinero en la terraza y que la abu me curara los picotazos en las manos después de mandarme a coger los huevos. Pero ella no quería. Ella tenía suficiente con escuchar música y hablar entre dientes mientras cocinaba. Porque comer, lo que se dice comer, mi abuela no comía mucho. Ahora cocino agotada después de llegar de clase. Caliento unos macarrones en el microondas y echo una lata de atún. Un poco de tomate. Qué penoso. Me hago un huevo frito. Le echo ajo en polvo, pimentón, vinagre. Y me acuerdo de ti. Huelo el aceite hirviendo y entonces huelo a casa. A domingo. A mal humor. A buen humor. A caricias. A preocupación. A tus paseos desde dentro afuera de la cocina. No te huelo a ti porque no puedo. Pero cada vez que mojo la miga del pan en la yema. Cada vez que disfruto cenando mientras escucho la radio de fondo. Cada vez que veo el jarrón de flores blancas en el centro del salón que me recuerdan que va a llegar el invierno. Cada vez, siento que te atrapo. Ocho a cero. A mi abuela, que tanto le gustaba cocinar, se le olvidó comer. Se le olvidó tragar. Nueve a cero.

Ahora que el tiempo lo mido en ausencias, en las permanentes y en las necesarias, no sé volver a pasar la vida de otra manera. Las pérdidas las mido en dolor. Aunque sean dolores diferentes. Dolor de llanto. De hipo. Dolor silencioso. Dolor de escribir. Dolor de tocar el piano. Dolor de no querer limpiar el polvo nunca más. Pienso mucho en ti. Y en él. Porque os he perdido a los dos de formas diferentes, y no he ganado nada. El tiempo que se te ha acabado, abuela, no me da más. Y el tiempo que él y yo ya no pasamos juntos, ya no existe. Diez a cero.

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