Quiero escribirte

Quiero escribirte

No sé si fue casualidad o alguna trampa de mi inconsciente, pero tres de mis últimas lecturas tienen que ver con el duelo. El tiempo fluido sin su fluir, de Denis Riley, Punto de Cruz, de Jazmín Barrera y El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. En enero de 2022 fue la primera vez que realmente enfrenté la muerte, que perdí a alguien que quería mucho. Mi abuelo. Mi contexto (estar lejos de Santiago, no estar con mi familia y no poder ir al funeral) volvió todo el proceso más confuso, menos palpable, menos real incluso.

Didion reflexiona que «el dolor era algo que te pasaba. Pero el duelo, el acto de lidiar con el dolor, requería atención». Recuerdo que lloré, que me dieron la noticia y mi primera reacción fue romperme. Pero creo que todavía ahora, luego de seis meses, sigo allí, en el dolor. No me he enfrentado al duelo porque no tengo nada a lo que prestarle atención. No tengo su ausencia. «El vacío repentino que te deja la muerte en sí.»

Todavía no voy a comer a casa de mi nona y noto cómo nadie va a la pieza a despertarlo, a decirle que llegamos y que ya vamos a almorzar. Todavía no presencio el silencio previo a la entrada, la inexistencia de la imperiosa petición del aperitivo. Todavía no veo su silla en la cabecera de la mesa del comedor vacía u ocupada por mi nona, ese lugar en que lo vi sentado tomándose su vasito de vino por más de veinte años. Y todavía no presencio el hueco después del plato de fondo, el hecho de que nadie exija el postre con la pasión que solía exigirlo él. Sé que ya no está pero aún no lo concibo, aún no lo digiero, porque yo no estuve cuando se fue y no estoy para ver su rastro de ausencias.

Otra de las reflexiones que se me grabó del Año del pensamiento mágico es la siguiente: «Cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día». La vida en que mi abuelo estaba vivo era otra vida completamente diferente a la que tengo hoy. Una vida, aunque me duela admitirlo, en que él ya casi ni estaba. La distancia es una cosa horrible. Y yo los dos últimos años he estado tan lejos. Y pienso que, al volver, al enfrentarme a su rastro de ausencias, me enfrentaré también al rastro de mi ser que ya no existe. Que he dejado atrás. Y el duelo será doble.

El duelo también puede darse al perder personas vivas. Las relaciones cambian. Las amistades se pierden, se cortan lazos familiares, el amor acaba. Y, de seguro no duele más que la muerte de una persona, pero sí es un dolor más confuso. Menos lineal. Resulta mucho más complejo llegar a la etapa de la curación. De la comprensión. De entender, como dice Didion, que ya no va a volver, que no necesita sus zapatos ni sus libros, porque está muerto. En estos casos, hay una persona palpable ahí fuera. Solo que, por distintas circunstancias, hemos dejado de relacionarnos con ella. Y la pregunta de ¿qué pasa si vuelve? ¿Reconectaríamos? ¿Nos perdonaríamos? La posibilidad es un frente que se mantiene abierto. Y cuando la pérdida de esos amores se vuelve tan lejana que ya no hay ninguna clase de contacto, los días en que los recuerdas por cualquier detalle (porque se te quemó el café como siempre le pasaba, porque viste su libro favorito en una tienda de segunda mano, porque te encontraste una foto mientras ordenabas) te preguntas si están bien, si siguen allí en alguna parte o si ahora son personas completamente diferentes. Si acaso la muerte ha pasado por ellos pero en otro plano. Llega el punto en que tienes que asumir vivir con tantas preguntas sin respuestas.  

Una de mis citas favoritas de Punto de cruz es: «Los recuerdos que compartimos se me vinieron encima, porque ya no está ella para ayudarme a cargarlos». ¿Cómo lidiar con tantos momentos, con tanto amor, tú sola? Es imposible. Y creo que allí toma especial importancia la escritura. Riley dice que rememorar es el único tipo de resurrección que conoce. Pero no basta con eso. Hay que materializarlo. Barrera en su novela hace un analogía muy bonita entre el tejido y el proceso de curación. La aguja y el hijo como herramientas para componer, recomponer, ordenar y regenerar. Una práctica que necesita paciencia y calma. Silencio. Una práctica estrechamente similar a la escritura.

Por eso la escritura y la ficción tienen un papel tan importante. La escritura como recuerdo y como memoria. Como una forma de mantener vivo a ese ser que lucha por sumergirse en el olvido. Citando a Russell, Riley explica que las posibilidades de seguir hablando de esas personas que ya no existen «inducen una curiosa cuasi-resurrección lingüística. Quizá el lenguaje, al menos, crea en el espíritu». El lenguaje, dice, no quiere permitir pensar en un sujeto como algo que se ha extinguido.

Espero escribir millones de recuerdos, de mi nono y de todos a los que he amado y ya no están. Espero mantener esas almas vivas. Espero, incluso, inventar otros finales y nuevas historias. Espero sanar cada herida y que la escritura sea mi aguja y quienes he amado, mi hilo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada anterior Entrevista a Julia Viejo sobre En la celda había una luciérnaga
Entrada siguiente Historia de la leche, de Mónica Ojeda