No sé pa dónde voy pero sé de dónde vengo

No sé pa dónde voy pero sé de dónde vengo

El abuelo cosía. El abuelo siempre siempre SIEMPRE cosía. Cosía las mochilas rotas, las faldas que se compraban grandes y los peluches que se deshilachaban de los achuchones que les dábamos.


El abuelo siempre cosía. Cosió desde los catorce años hasta que perdió la vista. «Infarto cerebral», dijo papá. Yo en ese momento tenía diez años y supongo que es la última imagen que el abuelo tendrá siempre de mí.


Quien nunca supo coser fue la abuela, porque no le gustaba. De hecho no le gustaban dos cosas: los hombres que no bailaban y los sastres, que no sé por qué le tenía tanta tirria a los sastres, la verdad, pero la abuela decía que nunca se iba a casar con un sastre o con un hombre que no bailara y, al final, estuvo más de cincuenta años casada con un sastre que no tenía pinta de bailar demasiado.


La abuela era de las personas con menos paciencia del mundo, por eso se le daban fatal las tortillas francesas. Siempre le daba la vuelta demasiado pronto o demasiado tarde. Supongo que hacer tortillas francesas es un poco como la vida, siempre llegas tarde o pronto, pero nunca consigues esa perfección que sólo ves en un programa de cocina.

Otra cosa que hacía la abuela era cocinar a ojo, porque era de esas señoras de la-cantidad-de-harina-te-la-pide-la-masa y, al final, yo acabé siendo igual, así que que ni se te ocurra preguntarme por las cantidades de una receta, porque yo cocino confiando en el proceso, porque siempre confío en el proceso, porque si no confías en el proceso ¿Qué haces? Hay que confiar en algo porque si no el proceso es devastador y hay que creer en algo porque si no la vida es devastadora. Tienes que confiar en algo, creer en algo, lo que sea, porque si no, te vas a la mierda.


La abuela confiaba y creía en Dios. Y yo confío y creo en la abuela, esté donde esté.

Durante la cuarentena, la abuela, el abuelo, la Nala y yo tomábamos café todos los días a las seis menos cuarto de la tarde. A principios de marzo en la cocina y a mediados de abril nos cambiamos al patio, al solecito. Y mientras tomábamos ese café, yo leía y ordenaba los manuscritos del bisabuelo. Sus poemas, sus movidas anarquistas y sus cartas. Una de las cartas estaba dirigida a sus hijos y nietos y, en ella, el bisabuelo pedía que nunca lo olvidáramos. Y yo no llegué a conocerlo, pero no me quiero olvidar. Pero es que no quiero olvidarme de nada ni de nadie. Y de momento consigo acordarme de muchas cosas: mi primer recuerdo es de la primera vez que vi a Sultán: yo tenía tres años y era mi cumpleaños. También me acuerdo de aquella vez que discutí con la abuela, me fui dando un portazo gritando y ella se giró a mirarme y dijo con orgullo: me recuerda mucho a mí a su edad y también me acuerdo de la última vez que vi a la abuela y de que Andrew Garfield en Spiderman y el abuelo tenían la misma cámara de fotos, una yashica electro 35 y me acuerdo de cuando le dije a mi hermana que era super importante enhebrar la aguja con la máquina de coser apagada y no lo hizo y me acuerdo de que el cumpleaños de la abuela es el 27 de marzo, aunque en el registro figura que es el 2 de abril y me acuerdo de que en el entierro de la abuela, el abuelo preguntó si le quedaba sitio para él en la sepultura y me acuerdo de ese día que la abuela y el abuelo estaban muy contentos y nos invitaron a cenar una pizza y me acuerdo de la abuela todos los días y me acordaré de ella todos los días que pueda, porque me quiero acordar, quiero recordar siempre como cocinaba, quiero recordar siempre a papá dándome un beso en la cabeza cuando me deja en la entrada del trabajo, a mamá corriendo por casa apurada, a la tía jugando al candy crush, a mi hermana riendo y a la Nala durmiendo. Quiero acordarme se todo, quiero recordarlo todo, porque mueres dos veces: cuando mueres y la última vez que alguien se acuerda de ti, y yo quiero acordarme de todo y de todos, quiero saberlo todo, quiero hilar la historia como voy hilando los viejos escritos del bisabuelo y todos esos manuscritos tienen algo mágico porque es como descolgar un teléfono que comunica con el pasado y decir: dime, te estoy escuchando.


Y siento que estoy en deuda con gente a la que no conocí pero a la que, sin saber que yo iba a nacer, le pareció importante dejarme un legado y estoy en deuda más aún con la gente que sin apenas conocerme me quiso y me crio y siento que si esto no me llega a importar a mí, si ellos no me llegan a importar a mí, ¿a quién le importarían? Todo este trabajo, este sacrificio, esta memoria y esta historia, ¿a donde iría a parar? ¿Y si yo no hubiera descolgado ese teléfono, qué pasaría? Pero, y lo peor, ¿y si cuando me toque a mí y llame al futuro nadie me descuelga? ¿Qué pasará cuando la última persona que piense en mí deje de hacerlo?

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