Natalia Sosa, una escritora apátrida

Natalia Sosa, una escritora apátrida

«Si me atrevo, llena de amor, al fin,

a reclamar la voz que antes tenía,

solo un áspero eco me responde.

Es todo lo que queda de la antigua ternura»

Fragmento del poema «Tu voz»

Los versos de Natalia Sosa (Las Palmas de Gran Canaria, 1938-2000) siempre se me aparecen como un rayo. A veces voy en el autobús y vienen, de repente. «Me llaman indolente a mí / a la amante de las cosas más toscas». Paseo por la calle y cualquier cosa —una flor, un pájaro— hace que piense en ella.

Los poemas que recuerdo suelen ser los más tristes, quizá porque son los que predominan en su obra, atravesada por la depresión y por la pena de saberse encerrada, juzgada y señalada en tanto que mujer, escritora y lesbiana; no obstante, de vez en cuando se cuelan versos de esperanza que hablan de momentos que, aunque fugaces, le valían a Natalia para recordar la pasión y el amor hacia la vida que sentía.

El pesar de esta autora se entiende por el contexto de posguerra en que vivió y escribió: el régimen franquista había hecho una profunda campaña de estigmatización, había conseguido que las mujeres se vieran y fueran vistas como complementos sin identidad propia ni capacidad para expresarla: no había deseos, anhelos ni, por supuesto, expresiones que no encajaran en la heteronorma. El modelo de buena mujer había calado hondo —cala hondo— incluso para aquellas que, como Natalia, se oponían firmemente a él, y la pregunta que siempre acecha (¿acaso soy yo el problema?) hacía acto de presencia para poder ramificarse en muchas otras. La escritura, por su parte, o al menos aquella que era vista como «seria» (si eso existe), era entendida como una actividad intrínsecamente masculina, por lo que la poeta se enfrentaba, tal y como explica Blanca Hernández Quintana, a múltiples negaciones de su persona.

Ahora, después de algunos meses sin leerla, he vuelto a los poemarios de Sosa publicados en Torremozas, No soy Natalia y Soy éxodo y llegada, y me he vuelto a encontrar con esa escritora que luchaba con la sensación de ver todo a través de una ventana, me he arropado con esos versos sobre amores no correspondidos y casas deshabitadas, he recordado a todas las que como ella fueron arrebatadas de un nombre con el que poder hablar de su rabia, tristeza o inseguridad. Pero aunque no hubiera nombre sí había una página en blanco en la que plasmar el dolor: «Hubiera sido precioso ser senda o ser camino / tener forma de árbol o ser rosa, no ser de tu dolor el centro, mi destino.»

Hay en la poética de Natalia la punzante certeza de no tener patria y estar desvinculada, huérfana de una raíz que, como los árboles y plantas que tanto observaba y de los que tanto escribía, le permitiera crecer; hay también, sin embargo, un deseo y una sensación profunda de conexión con la naturaleza, y quizá en ella y en la escritura es en el único sitio en que encontró algo parecido a la pertenencia.

Pero a pesar de esa acogida que encuentra en la letra, siempre hay un diciembre esperando en la puerta de la poeta, y poco a poco su fe en un Dios que escuche, aunque latente, se resquebraja, y con ello vienen de nuevo las preguntas: por qué la angustia, el castigo. Por todo esto debió ser problemático cuanto menos que el mismo lugar que servía de refugio, el poema, fuera a la vez el único espacio en el que hablar de su angustia (—¿realmente pudo tener paz o descanso en él entonces? —).

Nada casual resulta por tanto que los dos títulos de sus poemarios se focalicen en lo que se es o no se es, que todo gire en torno al conflicto irresoluble de encontrar un lugar en el mundo, búsqueda siempre fracasada: «Si llego, llego tarde a todas partes / cuando amo, amo tarde y sin sentido. / No puedo estar, no soy de un fin total y definido» (me vienen a la mente también unos versos de Storni en su poema «Cansancio»: «Todos, todos tenemos una hora cobarde, una hora de hastío cuando muere la tarde. […] / Es entonces, cobarde, que me acosa el deseo de no ser y ni pienso, ni trabajo, ni creo.»). Y como Storni también, que pedía morir sobre los campos, Natalia pide mecerse en el río, encontrar la cuna que le está vetada.

Una forma de habitar el mundo que parte de la negación y un deseo que no puede alcanzarse. La amada y la amante, la niña que llora y la mujer que la arropa. Natalia no solo es Natalia —que ya es mucho—. También es poesía, es historia y es memoria.

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