Mercedes Pinto, la voz de la mujer moderna

Mercedes Pinto, la voz de la mujer moderna

«Prometí ocuparme extensamente de la situación de la mujer española, y despreciando las réplicas de los grillos y demás alimañas de poca monta, seguiré mi camino, trazado sobre un plan de defensa de la mujer de mi patria, oprimida por leyes injustas.»

El divorcio como medida higiénica, Mercedes Pinto

«Es necesario que dejemos la flor en el florero, el hada en el bosque y la tórtola cada vez más ingenua, en la jaula, para decidirnos a que la cosa cambie un poco de aspecto y seamos personas de una vez […]»

Ídem

El 25 de noviembre de 1923, una mujer —pelo a lo garçon, mirada decidida, paso firme— impartía una conferencia ante un auditorio que, atónito, la escuchaba hablar del divorcio como medida higiénica y de los derechos de la mujer; partiendo de este punto, ella exponía en su discurso las consecuencias del maltrato físico y psicológico que tan sobradamente conocía, y mostraba la crueldad de seguir perpetuando un sistema en el que las mujeres carecieran de personalidad jurídica, siempre supeditadas a sus maridos a la hora de tomar cualquier decisión. Esta oradora, poeta, escritora, dramaturga y periodista fue Mercedes Pinto (Tenerife, 1883-1976).

Abocada al exilio a causa de esta intervención y de su nula intención de cambiar la rotundidad con que defendía su posición política, Pinto fue una figura principal en muchos de los círculos intelectuales de países como México, Chile, Bolivia y, especialmente, Uruguay. Amiga de escritoras como Juana de Ibarbourou o Alfonsina Storni, esta escritora es una de esas mujeres cuyos méritos una podría no acabar de enumerar nunca; de esta forma, podríamos hablar, por ejemplo, de sus proyectos para democratizar la cultura o del bosque judío que hay a su nombre por su intervención en el desembarco del San Luis, que trataba de alejarse de la contienda nazi. Podríamos hablar de las medidas de difusión de mujeres artistas que adoptó en los medios de comunicación en que trabajó o de su puesto como primera mujer oradora en el gobierno uruguayo —todos ellos, datos que proporciona en sus introducciones Fran Garcerá—.

Sin embargo, si pienso en Mercedes Pinto, pienso en su sororidad, en cómo se supo siempre escudo y protegió a las mujeres que en ese momento no tenían voz ni medios para empezar a articularla (ya decía ella que en la vida protestar e ir contracorriente «es triunfo de heroínas cuando no se ampara el trabajo con sueldos suficientes, y toda la esperanza se borra quedando solo hambre y miseria como panorama y porvenir»), pienso en cómo no titubeó para enfrentarse a la Iglesia, a los juristas, a la aristocracia, al Estado y a todo aquel que actuara injustamente.

Un señor… cualquiera es la única de sus piezas teatrales que ha llegado hasta nosotros, y en ella Pinto, que supo siempre ser pionera, habla de la mujer moderna, de la necesidad de ser libre y dejar atrás morales viciadas. Esta obra, que por momentos parece una comedia de enredos, va haciéndose más clara a medida que avanza hasta su mensaje definitivo, que nos invita a alejarnos de la ventana —ese lugar que tan bien decía Martín Gaite que nos había sido impuesto, condenadas a ser siempre espectadoras— y a pensar por nosotras mismas al mismo tiempo que van poniéndose sobre la mesa cuestiones como los valores de la época, la ceguera o el amor libre y sano.

Y si bien desde mi punto de vista a Mercedes Pinto hay que empezar a leerla desde su lado articulista —ya sea con el librito publicado por Torremozas de El divorcio como médida higiénica o con Al volar, libro editado por Renacimiento que recoge su producción periodística durante su estancia en La Habana—, siempre es un regalo volver a ella de la forma que sea, permitir arroparnos por esa voz que siempre estuvo ahí para nosotras, para cuidarnos, para guiarnos y para darnos el empujoncito que nos ha hecho hoy ser quienes somos. Ella nunca perdió la fe en el cambio. Por eso, nosotras la celebramos hoy y siempre.

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