La urna de latón celeste

La urna de latón celeste

A pesar de que en la casa tan solo vivíamos Ada y yo, a la hora de cenar siempre había que poner doce platos y juegos de cubertería en la mesa. Una vez sentadas, dejaba de ver sus iris color marrón y oía su bendición. Yo nunca cerraba los ojos mientras ella rezaba, esperando encontrarme con los suyos finalizada su plegaria. La conversación de sobremesa se desarrollaba como cada noche. Ada me contaba que rezaba por los hijos que nunca había tenido, y yo le preguntaba cómo le hubiese gustado que fuesen y a quién se habrían parecido. Ada cavilaba un rato y después se carcajeaba, enseñando las encías. Esperaba que sus dientes no los hubiese heredado ninguno. Eso sí, hubiese deseado que alguno legara una melena larga y castaña, como la suya en su juventud, bien cuidada y peinada.

De haber tenido hijos, Ada les hubiese cepillado el pelo a todos antes de irse a dormir. Les habría untado aceite de jazmín y perfume, como hacía ella cada noche. A la mañana, las niñas habrían llevado un moño precioso, similar al suyo. Estaba segura de que las hubiesen confundido con hermanas. Tocándose el rostro con las manos, huesudas y surcadas de venas, se preguntaba si alguna grieta de su semblante no hubiese sido menos acusada si su juventud se hubiese alargado con la de sus hijas. Después, miraba algún punto fijo y, recolocando algún mechón argénteo rebelde, comenzaba de nuevo a pensar en voz alta.

Quizá, sus hijos apenas se hubiesen parecido a ella. Bien podrían haber heredado una nariz chata o un cuerpo corpulento, más semejantes a su marido. De parecerse a él, habrían sido tan altos como gigantes, de piel pálida y pelo rubio. Ella habría sido la rara de la familia, la que antes envejeciese, ¡la extraña! Quién podía saberlo, ¿verdad? Ay, cómo le hubiese encantado saberlo.

Al arroparla después de la cena, Ada me pedía un beso en la mejilla. Mis labios se encontraban con el tacto de sus pómulos apuntados. Después, debía tocar la urna que descansaba sobre su mesita de noche, tan pesada como diez personas. Repasaba con sus ojos cansados el latón de color celeste, mientras me susurraba que era demasiado buena con ella, que no me pagaba lo suficiente. No tardaba mucho en quedarse dormida. A la mañana siguiente, siempre se las arreglaba para despertarse antes que yo. Envuelta entre las sábanas, no me sorprendía ver la puerta de mi habitación algo entreabierta y notar un bulto bajo mi almohada. A veces, aún podía vislumbrar su delicado cuerpo deslizarse fuera del cuarto. Los billetes que me dejaba los volvía a poner en su cartera a la tarde. Nunca tuve el valor de decirle que lo que yo hacía lo hubiese hecho cualquier nieta.

6 comentarios en «0»

  1. Me sentí una de las hijas que anhelo tener y saboree de lo que estaba servido en esa mesa. Me encantó el relato. Todos deseamos una madre o una abuela como Ada.

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