la carretera

la carretera

Tan triste en tu asiento.

Te acabas de tomar tu primer mojito,
el primer mojito de tu vida.

Tienes sesenta años,
y estás tan triste en tu asiento.

A tu lado, la hija que se te escapa
conduce.

Se pregunta a dónde debe ir para ser,
para solo ser,
y si estarás ahí para abrazarla.

Estás avispada, no tienes costumbre de ron
y dices cosas que piensas.

Culpas a esa señora que quizás
alguna vez, por algún motivo,
un día llamé abuela.

A las olas del mar
que nunca rodearon
esa casita en la costa.

Al hombre del sillón,
el de las gafas cluecas
y el gesto.

«Me robaron la vida» dices
y entonces, el coche
se convierte en ataúd.

El tuyo.

Quizás el de ella.

Sin duda el mío.

Porque, detrás de ti,
la hija que no se te escapa, escucha.

Y tu dolor, mamá, tu dolor es suyo.

El coche pesa más, cada vez más;
se inunda de tu daño, de todo el daño,
del daño y la culpa.

Y mientras se inunda, mamá,
nos hundimos.

Las tres.

Como fango;
como tierra en lava,
vuelvo a tu útero.

Ella no escapará,
y yo no llegaré a intentarlo.

Y lo siento mamá,
que huele a fruta escarchada,
a podrido y lo siento.

El puñal en tus costillas,
en tu vestido de orquídeas:
que te hemos matado, mamá
y lo siento (pero)

lo cierto es
que sino haces algo pronto
a nosotras también
nos acabarán robando.

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