Historia de la leche, de Mónica Ojeda

Historia de la leche, de Mónica Ojeda

Estoy segura de que siempre nos acercamos a un libro con algún tipo de prejuicio. Es inevitable. Si no sabemos nada del autor, tecleamos en nuestro móvil su nombre. Si el resumen nos resulta insuficiente, buscamos otro más extenso que sacie nuestra curiosidad. Cuando me hablaron por primera vez de Historia de la leche, me dijeron lo siguiente: Mónica Ojeda es una autora muy joven que está revolucionando el panorama poético hispanohablante. Es verdad. Ojeda nació en 1988 en Guayaquil, Ecuador; y su poemario podría describirse a través de múltiples adjetivos, pero uno de ellos, sin duda, sería sorprendente.

El resumen explica lo siguiente: la autora retoma la historia bíblica de Caín y Abel, para trasladarla al género femenino. Se trata, por tanto, de un fatricidio, donde la voz poética asesina a su hermana Mabel. Primera rareza. Sabía, entonces, que me enfrentaba un libro peculiar, pero ese prejuicio no fue un aviso suficiente. Historia de la leche es un poemario siniestro, complejo y extremadamente raro. Tanto su contenido como su forma no dejan indiferente a ningún lector.

El libro se divide en seis partes. En la primera, titulada “Estudio inicial de la sangre”, la voz poética se adentra con una valentía pasmosa en los entresijos más incómodos de las relaciones familiares. “Papá, tú querías un hijo y / en cambio / te nació esta cabeza”. “Una madre se alimenta de sus hijos / muerde sus arterias y hace gárgaras con sus ríos; / mansos presagios / de la carroña de Dios”. Este tono trágico y las referencias bíblicas son una constante a lo largo del libro. En los versos citados, el lenguaje parece muy directo, sin embargo, el poemario está plagado de imágenes difíciles de descifrar que nos obligan a explotar nuestra intuición poética. Por ejemplo, en la segunda parte titulada “Maté a mi hermana Mabel”, leemos: “Desde entonces su mirada es nuestro hogar de bambúes / blancos cantando las horas al revés de los rosarios”.

 Hasta que el lector se acostumbra, el lenguaje suena impostado, pero las imágenes van sucediéndose vertiginosamente creando una avalancha de violencia que resulta incómoda pero muy interesante. Esta voz atraviesa los desfiladeros peligrosos del deseo humano, donde tienen cabida la envidia, la ira o la culpa. “Mis ojos se han volteado hacia el fondo de mí / buscando la verdad de lo que está prohibido”. Mezcla versos largos con otros cortos, estrofas escritas en negrita con otras en cursiva. ¿Puede existir orden en un poemario que revierte de una manera tan bestial toda la moral que tenemos incorporada?

Siguiendo este camino, llegamos a la tercera y a la cuarta parte, tituladas: “El libro de los abismos” y “Mamá cólera”. El tono sigue siendo el mismo. Este libro de poemas no es un canto, es una especie de sentencia fatídica sobre una parte oscura de la existencia humana. Por supuesto, el sexo también tiene cabida en el libro porque hemos de reconocerlo: el sexo está en nuestro origen y también puede resultar incómodo, violento y extremadamente desagradable. Por tanto, el pubis, el vientre, la pelvis o el clítoris son elementos que se cuelan sin ningún reparo en este amasijo de profecía arrebatada.

Las dos últimas partes se titulan: “Botánica de Quincey” y “Epílogo”. La primera lleva un subtítulo bastante explícito “Epitafios alucinados”. La autora somete al lector a un alucinamiento que acaba convirtiéndose paradójicamente en un camino iluminado hacia la verdad. A estos epitafios les añade una “Teoría de la leche” que incorpora en el “Epílogo”. Se trata de un conjunto de aforismos con los que justifica todos los ingredientes que ha mezclado en el libro. La poesía, el mito, y la violencia empujan nuestra mirada hacia zonas empañadas de nuestro origen. Quizá solamente si iluminamos esas zonas oscuras podamos entender realmente quiénes somos. Pero para ello te pregunto: ¿Te atreves a indagar en la Historia de la leche?

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