Hablemos (otra vez) de amor

Hablemos (otra vez) de amor

Amor. Qué difícil. Qué complejo. Qué inmenso. Qué inabarcable. ¡Uff! Ya me canso, mejor lo dejamos hasta aquí.

Muchas veces ese es el problema al momento de abordar el amor. Lo enaltecemos hasta límites imposibles. Lo ponemos como un ideal inalcanzable. O como el único ideal al que hay que aspirar. Cuando en realidad es algo mucho más terrenal, más cotidiano, más sucio (en el buen sentido, como cuando vuelves de un día de playa y tienes arena hasta en el culo). 

Raquel Machado dice que el término amor está demasiado viciado, que realmente es necesario buscar algo completamente distinto: «Se supone que sabemos que los términos viciados no se pueden rescatar porque siguen produciendo pensamientos viciados y nos reímos cuando hablan de refundar el capitalismo para hacerlo menos malo. Pero el amor sí, una y mil veces. El Otro amor, la zanahoria en las narices para que la burra siga andando». Al principio estuve muy de acuerdo con esta cita. Después le di unas cuantas vueltas más. Para mí el amor siempre ha sido precioso, y compararlo con algo tan asqueroso como el capitalismo ya dejaba de gustarme. Creo que justamente el problema no es el término así solito. Creo que debemos de dejar de echarle la culpa a las palabras cuando realmente somos nosotros quienes las saboteamos. El problema son los apellidos que han aparecido y se han empeñado en acompañar al Amor. Los apellidos lo perturban y lo ensucian. Le agregan estelas que se alejan de su base universal. 

Entonces ¿qué es el amor? Antes de intentar definir (y ahora saldrán algunos diciendo que es indefinible, inefable) es necesario hacer un panorama de las potenciales dimensiones que posee. El amor se expresa en diferentes vínculos. Existen muchos tipos de amor más allá del prototípico de pareja (que además muchas veces se asocia al vínculo heterosexual) y eso a veces se nos olvida. Incluso puede darse en vínculos sexuales cuyo fin no sea establecer una relación seria ni una dinámica de pareja sostenida en el tiempo. Porque somos seres humanos y sentimos, solo compartir un momento de intimidad corporal nos lleva a sentir diferentes sensaciones, y muchas veces esas sensaciones son parte del espectro grande que es el amor. Las dicotomías lo perturban, nos alejan de él. Es un sistema mucho más complejo, mucho más variado y rico. 

Amor es cuidar. En ese sentido, como mujeres nos hemos visto en desventaja. Desde tiempos inmemorables se nos han exigido los cuidados a nosotras y, por ende, parece ser que en el amor damos mucho más. Nos entregamos más, nos desgarramos más. Dejamos de cuidarnos (y amarnos) a nosotras mismas para amar al otro. Kate Millet en una entrevista dijo: «El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa». Al dejar que el amor y los cuidados se asocien a lo femenino, hace que aspectos en donde estos elementos son necesarios desaparezcan por completo. Es cosa de ver cómo está la humanidad hoy. Quizá a esas figuras de poder les faltaba saberse vulnerables y un poquito más de ternura. Es momento de ver a los cuidados y al amor como nuestra bandera de lucha; si dejan de asociarse a lo femenino, también dejarán de restringir a quienes cuidan. Seres libres, ahí está la clave. 

Amor es comunicar. Comunicar es primordial. Comunicar intenciones, deseos y expectativas. Y no tener expectativas inalcanzables también es fundamental. Evitar idealizar, evita decepcionarse. Pero no hay que confundir no tener expectativas a no tener límites y a no tener deseos y necesidades. Pero comuniquémoslas. Así sabremos quién puede satisfacerlas y quién no. Y si te topas con un no, no pasa nada. Siempre llegará un sí. O dos. O tres. Como dice Raquel Machado (y esta vez sí le encuentro razón), las expectativas deben ser compartidas porque así sabes qué esperar de cada persona. 

«El amor no duele». Por mucho tiempo me recordaba constantemente esta premisa. Y realmente no, el amor no debería doler. Pero también es cierto que son justamente las personas que amas las que pueden causarte más daño. Muchas veces en el proceso del amor sufrimos, lloramos, nos sentimos desgraciados. Y, a pesar de que a veces hay dolor en el amor, es necesario recordar que esa nunca va a ser su esencia. No hay que recrearse en el dolor. Propongo verlo como una advertencia de que algo se ha perturbado y, por lo tanto, algo hay que cambiar para sanarlo. Es, quizá, una oportunidad para que esa relación amorosa (insisto en que no me refiero únicamente a relaciones de pareja) reflexione y crezca; o, quizá, una oportunidad para soltar un vínculo que ya no nos está aportando. 

El amor es un estado constante, no es ni el medio ni el fin. ¿Recuerdan algún día en que no han sentido amor? Es un sentimiento que nos acompaña siempre, desde que somos bebés y establecemos los primeros vínculos con nuestra madre. El vínculo más primitivo y sincero de amor. 

El amor está vivo. Muta y cambia. Una de las definiciones que he leído del amor que más me ha gustado es del libro Stoner de John Williams. La temática principal de la novela realmente no es el amor, pero creo que la siguiente cita es muy precisa: «[…] la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra». Somos personas dinámicas que cambian a través de los años. Cambiamos nuestra visión de mundo, cambian nuestras ambiciones y nuestras metas. Y como cambiamos, también cambian nuestros sentimientos hacia los otros. Como el amor cambia, el tipo de relaciones amorosas que establecemos también son susceptibles a ello. La relación que tenemos hoy con nuestra pareja o con un amigx o familiar no es estática. Y muchas veces los caminos se juntan más, pero muchas veces entre esas vorágines de cambios se alejan. Y es parte del proceso.  Con este recorrido llego a mi humilde propuesta de definición de ese no sé qué, como diría San Agustín, tan difícil de delimitar. El amor se entiende como un espacio seguro donde sentirnos vulnerables y expresar nuestra ternura, cuya base es un deseo sincero de cuidar al otro. Quizá puede parecer una definición amplia, pero creo que eso es lo bonito, porque entran muchos tipos de amor y muchos tipos de vínculos, sin dejar de lado la esencia de lo que realmente significa amar.

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