Ghost

Ghost

Elisa mira entre todos los paquetes de arcilla que están colocados uno tras otro en la estantería de su garaje. Pasa la mano por encima, moviendo los dedos como si estuviera tocando un piano y se detiene en el último. Es una arcilla de color anaranjado, la que le regaló Samuel.

El primer paso es preparar el barro, así que corta un trozo generoso de arcilla y lo amasa. Hace presión con los pulgares, redondea la pieza entre sus manos y cuando consigue una pelota perfecta la estampa contra la mesa y vuelve a empezar.

Elisa coloca la pella en el torno, se moja las manos en un barreño de agua y comienza a modelar la pieza. Sus manos se mueven en S, empiezan a crear presión hacia arriba para darle forma. El pie de Elisa controla la velocidad del torno con el pedal, acelera y frena el proceso a medida que en su memoria las manos de Samuel también entran en la escena.

La primera vez que lo hicieron juntos, Samuel se colocó detrás de ella. Entrelazaron los dedos uno con otro y entre las manos la pieza de barro giraba haciendo formas arbitrarias, y a la vez, Samuel le iba susurrando al oído que subiese o bajase la velocidad del torno. Parecían los protagonistas de Ghost, era una chorrada que seguramente él hacía con todas las chicas que conocía, pero ella decidió entrar en la película, creerse parte de ella y de Samuel. Nunca acabaron esa primera pieza, nunca le dieron una forma reconocible porque Elisa no podía concentrarse mientras sentía sus manos fundirse entre el barro para intentar crear algo en común con Samuel. Él le susurraba órdenes firmes, pero delicadas. La escena se teñía de un aire tenue y pesado que hacía que su voz fuera cada vez más grave. Ella obedecía, encontraba la forma de complacer a Samuel y sentía que eso era lo que ella también deseaba. Elisa se pasaba la mano llena de barro por la cara, y luego pintaba letras en el cuerpo de Samuel hasta que él decidía cuándo y dónde besarla. Cómo y con cuánta intensidad arañar y morder. Cuándo la tiraría al suelo, cuándo comenzaría a abofetearla. Cada vez más fuerte, cada vez con más rabia dejaba atrás el juego para adentrarse en la ira. Entonces él le pediría perdón y ella diría que no pasaba nada, y volvería a besarle. Y así, empezaban a crear una figura común en la que eran parte del otro, y que Elisa no quería que se acabara nunca.

Ya no es arcilla. Elisa imagina en el barro un jarrón. Un jarrón esbelto y alto en el que va a colocar unas margaritas preciosas o un jarrón que podría ser el cuerpo desnudo de Samuel. Elisa se detiene en esta idea y sigue amasando, dirigiendo sus manos hacia arriba y abajo del futuro cuerpo, creando brazos asimétricos. Corona la figura con una bolita minúscula que se intuye como cabeza. Elisa se detiene y mira su pieza desde la lejanía, con las manos manchadas. Es Samuel. Es un Samuel de barro al que elige, que podría permanecer con ella y no querer irse. Un Samuel con el que Elisa puede jugar sin hacerse daño. Comienza a cantar la canción de Ghost. Woah, my love, my darling. I’ve hungered for your touch. A long, lonely time. Elisa baila alrededor de la figura, se acerca y se aleja dando zancadas suaves al ritmo de la banda sonora, y piensa en todo lo que ya no es por culpa de Samuel. La figura empieza a llorar y unos lagrimones anaranjados recorren su cuerpecito amorfo aún húmedo. Elisa tiene miedo de que se deshaga con tanta agua, así que empieza a soplar. Sopla con todas sus fuerzas porque quiere que se seque y que se quede. Que deje de llorar, porque ya están juntos otra vez. Que permanezca.

Elisa sostiene al Samuel de barro entre sus manos, lo examina. Quiere que sea él pero no es él. Apoya la figura medio deshecha en la mesa y le acaricia. Se aleja y entra en la casa. Dentro, la televisión se oye lejana, y sigue reproduciéndose la última película que vieron. Piensa en apagarla, pero se detiene en la cocina y ve unas tijeras grandes. Las coge y sube a su cuarto. Enciende la luz y el cuerpo de Samuel está bocarriba en la cama. Elisa se acerca y le mira, le examina detenidamente para saber qué le falta a su figura de arcilla para que sea como él. Le corta un mechón de pelo. Luego una uña. Acaricia a Samuel y le besa en los labios antes de volver al garaje.

Elisa añade a la mezcla el pelo y la uña de Samuel para que tenga una parte de él, de su individualidad. Admira de lejos su figura y ahora es ella la que llora. Piensa que es horrible, que es una imagen monstruosa y desfigurada que ha creado injustamente. Que es un trozo inservible de basura. Que es amorfo, feo, terriblemente pequeño, descompensado, blando, húmedo, asqueroso. Samuel le dice que se acerque. Que no es su culpa. Que ahora no se va a ir. Elisa le besa y con sus labios ocupa la inmensidad de su cuerpo de barro. Le besa el cuerpecito y se pone contenta porque ella es la que elige ahora cuándo y dónde besarle.

Se detiene y coge otra pieza de arcilla, empieza el proceso de nuevo. Quiere una Elisa, una Elisa de barro horrorosa y deformada que pueda permanecer con el Samuel de barro para siempre. Amasa, presiona y cambia de velocidad siguiendo las órdenes del cuerpecito espantoso que tiene enfrente y consigue armar una figura insignificante que es ella. Se limpia las lágrimas con los dedos y las usa para seguir dando forma, para construir otro pequeño elemento monstruoso. Se corta un mechón de pelo y una uña, y como hizo antes los añade a la masa de barro. Humedece de nuevo al Samuel de arcilla y lo fusiona con la pequeña Elisa para crear una pieza nueva. Una bola inmensa de barro, lágrimas, pelo, uñas y horror que son ellos. Que a partir de este momento siempre van a ser.

Elisa deja su creación allí, encima del torno que sigue dando vueltas por inercia. Coge un puñado más de arcilla y lo humedece en el barreño. Luego se aleja de espaldas y sale del garaje. Entra en la casa, sube las escaleras y se dirige al cuarto donde está Samuel. Con la pieza húmeda que tiene en las manos lo embadurna. Le dibuja letras que no existen y luego le da un beso. Se restriega sobre su cuerpo y sonríe porque sabe que a unos metros de distancia existen los dos juntos en una bola indivisible. Se tumba al lado de ese cuerpo silencioso y en el oído le susurra lo que fueron y lo que van a ser a partir de ahora.

5 comentarios en «0»

  1. «DE AQUELLOS BARROS ESTOS LODOS»»
    Maravilloso y durisimo texto ,imposible no leerlo hasta el finaly maravillosa idea «»polinizar»»

    1. Maravilloso, duro y real. Un texto que hace volar tu imaginación y que te engacha hasta el final e incluso leerlo dos veces seguidas y es, tanto lo que te gusta que se queda corto. Gracias una vez más.

  2. Maravilloso, duro y real. Un texto que hace volar tu imaginación y que te engacha hasta el final e incluso leerlo dos veces seguidas y es, tanto lo que te gusta que se queda corto. Gracias una vez más.

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