Feliz 2058

Feliz 2058

Llevaba quince minutos en la cola del supermercado cuando me llegó el primer WhatsApp: hermana, lo siento mucho, pero ni Ada ni yo vamos a poder ir a cenar hoy :(. Yo tengo fiebre y ella se va a quedar a cuidarme. Era nochevieja. Miré el carro de la compra. La cena de cuatro se había convertido en una cita de dos con el que había sido mi marido hasta hacía dos años. Ahora sobraba de todo. Pensé en devolver dos de las cuatro botellas de cava que había cogido y en cambiar el paquete grande de uvas por uno pequeño. Nunca me gustaron las uvas. Se iban a pudrir en el frigorífico hasta que las tirase a la basura porque no me gustaba deshacerme de comida en buen estado. Qué pereza tener que ver el paquete de uvas cada vez que abriese el frigorífico. Con lo que aguantan las frutas transgénicas, que son medio de plástico, seguro que iba a tener las uvas hasta mayo. Pero cambiar el paquete de uvas implicaba perder mi sitio en la fila y llevaba quince minutos esperando, y ya casi podía verle las canas a la cajera.

Salí del coche, en una mano llevaba las llaves de casa, en la otra una bolsa con las cuatro botellas de cava y en el regazo sostenía el paquete grande de uvas verdes, igual que las madres cogen a sus hijos. La vecina tomaba el sol en la entrada de su casa, sentada en una silla de playa. En su boca descansaba un cigarrillo pegado a su labio inferior como si se hubiese quedado dormido, acumulaba la ceniza que se iba a desprender en cualquier momento. Hacía varios meses que no me había cruzado con ella. Era una mujer mayor que apenas salía de casa. Sabía que seguía viva porque escuchaba su tos por las mañanas y su tele por las noches.  La saludé: ¡Feliz año!  Me miró. Contestarme hubiera requerido mover su brazo derecho y quitarse el cigarrillo de la boca. No lo hizo. Ni siquiera hizo un gesto que reconociese mi existencia. Se limitó a mirarme en silencio hasta que me metí en casa.

Me desagradó su antipatía y de pronto me cabreó tener que cocinar, que mi hermano se hubiera puesto malo y que me fuese a quedar sola cenando en nochevieja con mi exmarido. Metí las uvas y las botellas de cava en el frigorífico. Coloqué el resto de cosas y me eché un rato en el sofá. Cuando desperté ya había anochecido, y eso me hizo sentir el abominable paso del tiempo. Se acercaba el final del año. Me entró la prisa y comencé a preparar la cena.

Corté el pavo que llevaba emborrachando una semana a base de jerenguillazos. Lo puse en la bandeja junto a las castañas que había pelado la tarde anterior. La cebolla. El aliño. 180 grados y al horno. Troceé la lombarda y la puse en una olla a fuego lento junto con las pasas. Le hice una foto al pavo en el horno, otra a la lombarda en la olla y la pasé por el grupo de WhatsApp de mis amigas del instituto, de los compañeros del trabajo y de la familia. Escribí: ¡todo en marcha! Dejé el horno y la vitrocerámica encendidos, me puse una copa de cava y fui al dormitorio a maquillarme. Primero los tonos más oscuros, luego los claros, me pinté también los labios de rojo porque era nochevieja y había que empezar el año con fuerza.

Antes de que sonase el pitido del horno sonó mi móvil. Hola, cariño, no voy a poder ir a cenar, me he lesionado la rodilla jugando esta mañana al pádel y no puedo conducir. Eran las ocho y media de la tarde y estaba sola en nochevieja. El pavo olía, la lombarda también. Toda la casa olía a comida. El horno pitó y al abrirlo el calor se me pegó a la cara junto al maquillaje y el hedor a animal cocinándose. Abrí la ventana para sentir el fresquito del exterior en la piel. La calle estaba vacía, como en un toque de queda.  Las farolas estaban encendidas para nadie.  Pensé en preguntar a alguna amiga si me podía unir a su cena, pero imaginé la carretera helada, el miedo a conducir de noche, el frío que hacía fuera y preferí quedarme en casa. No pasaba nada. Era una noche más. No me puse la ropa que tenía preparada, un vestido de lentejuelas plateadas y unos tacones rojos, pero tampoco me quité el maquillaje. Me serví otra copa de cava y separé una porción de pavo y de lombarda. Guardé el resto de la comida en tuppers dentro del frigorífico. Comería pavo y lombarda durante una semana. Pensé en poner la mesa en el salón pero encendí la tele en la cocina. Así no tendría tanto que limpiar. Saqué la mesa pequeña y cené mientras veía el programa de fin de año. Arranqué doce uvas del ramillete y me entretuve en pelarlas y deshuesarlas con el cuchillo. Las dejé preparadas en un platito en la encimera. Doce asquerosas uvas. Doce asquerosos deseos. En doce asquerosos segundos. Fregué mientras escuchaba la televisión. Cuando terminé y volví a ver la tele, la presentadora ya se había quitado la capa y mostraba su luminoso vestido. De fondo se veía el reloj de la puerta del sol: eran las doce menos veinte. Entonces la escuché. Silencié la tele. Una mujer gritaba en la calle.

Dadme las llaves. Me habéis agredido hijos de puta. Devolvedme las llaves de mi coche. Me habéis echado de vuestra casa. Me quiero ir de aquí, jodeeeeeeeeeer.

La calle seguía vacía pero debajo de una de las farolas gritaba una mujer. Apagué la luz de la cocina para poder ver mejor el exterior sin reflejarme a mí misma en el cristal de la ventana. La mujer gritaba a una de las casas de al lado. Estaba sola. Llevaba el abrigo desabrochado, se podía oler el alcohol en el vaho que salía de su boca. Os odiooooooooooooooooooooo. Me habéis dejado sola. Cabrones. Hijos de puta. Ojalá os pudráis. Devolvedme las llaves del coche, jodeeeeeeeeer.

La mujer escaló uno de los coches aparcados frente a las casas. Todavía me reflejaba un poco en la ventana así que pegué la cara al cristal y rodeé las cuencas de mis ojos con las manos como si sostuviese unos prismáticos para ver mejor el exterior. Estaba en el techo de un coche grande, un todo terreno ostentoso como el vestido de la presentadora de las campanadas. Se subió su vestido, se bajó las medias y se puso de cuclillas. Salió vahó entre sus piernas y el río de pis deshizo el hielo de la luna. En ese momento, en el fondo del cielo vi los fuegos artificiales sobre los que se recortaba la figura de la mujer meando en el techo del coche. ¡Feliz año, hijos de puta! ¡Feliz puto 2058! Eso fue lo último que gritó. Se bajó del coche. El silencio volvió a inundar la calle vacía que evidenciaba que el resto del mundo estaba en sus casas, celebrando el año nuevo, besando a sus seres queridos. Tiré las uvas a la basura y me fui a la cama.

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