En pausa

En pausa

La densa oscuridad diluyó el espacio. Sintió que se encontraba en medio de la nada, como si habitase un mundo anterior a su propio nacimiento, donde no existía ni arriba, ni abajo, ni el antes ni el después. Se puso a gatas y recorrió el suelo con las manos hasta que encontró su bolsa. Buscó a ciegas en el interior y sacó unas luces de Navidad. Las encendió con la misma magia con la que los magos liberan palomas de sus mangas, y apareció de nuevo el espacio, las paredes, el suelo, el techo. Era una habitación minúscula, formada por cuatro espejos, que flotaba en algún lugar entre el piso dieciséis y el veintiuno de una de las torres más altas de la ciudad.

Su móvil marcaba las 8:30 de la mañana del 22 de diciembre. Isabel marcó el teléfono de seguridad pero no respondieron. Llamó a su compañera de trabajo, pero tampoco lo cogió, así que envió una nota de voz. Estoy encerrada en el ascensor. Se ha apagado de golpe y no funciona el botón de emergencia. Mira a ver si puedes contactar con el conserje y que me saque de aquí, por favor.

Mientras esperaba, a diez kilómetros de distancia, comenzaba el sorteo. Las bolas se introducían en el bombo. Al caer chocaban entre ellas como canicas. Dos niñas se ajustaban la coleta, ¿estás nerviosa?, venga vamos. Salió el primer número. 

Dentro del ascensor no se escuchaba nada. Isabel pegó las luces de Navidad en las paredes con cinta adhesiva. Los espejos enfrentados mostraban su reflejo desde todos los ángulos. Le incomodaba ver su imagen desde otras perspectivas a las que no estaba acostumbrada, era como observar a alguien conocido y desconocido al mismo tiempo, parecido a la confusión de los ancianos o de los niños muy pequeños cuando ven a algún familiar que no recuerdan del todo.

Isabel sacó de la bolsa un espumillón verde y lo colocó en el marco de uno de los espejos. Su contrato no incluía tareas de decoración de interiores, pero ella siempre se ocupaba de colocar plantas o figuras que adornasen los escritorios de los despachos. Junto a los productos de limpieza llevaba espumillones, árboles de plástico y guirnaldas, coloreaba cada sala de la torre de la Business Area igual que un niño va rellenando cada celda de un dibujo sin salirse de los bordes. Luego Isabel se sentó en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la pared, y buscó la retransmisión de la Lotería en directo. El canto de las niñas reverberaba en las paredes del ascensor.

Apareció un número que no reconocía en la pantalla de su teléfono. Será el conserje, pensó, y atendió la llamada. No sabemos qué ha ocurrido, el resto de ascensores funcionan con normalidad. Hemos avisado a Seguridad pero nos han informado de que van a tardar, media plantilla está de vacaciones. ¿Podrás aguantar allí un par de horas?

El tiempo pasaba de forma extraña. Miraba el reloj cuando pensaba que había pasado media hora y descubría que los números de los minutos no habían avanzado ni cinco cifras. En el Teatro Real dos niñas cantaban un premio cada tres segundos. Alargaban las vocales para crear la melodía que les habían enseñado para mantener el tempo. Siempre constante. Un número detrás de otro. Isabel vivía bajo ese ritmo. Una tarea detrás de otra. Sin tiempo para detenerse, cada día pasaba igual que se cantan los números de la lotería. Uno, y otro, y otro. Siempre ocupada en la limpieza y el mantenimiento de las oficinas y de su propia casa. Siempre cuidando de sus hermanos, luego de sus hijos, luego de sus padres.  

Quizás uno de los números premiados más difíciles de pronunciar coincidiese con el número de horas de trabajo que Isabel acumulaba en las arrugas de su piel, los callos de sus manos y su espalda encorvada. 

Una de las niñas comenzó a cansarse. Le temblaba la voz, parecía que ya no era ella quien se movía ni leía. Los números entraban en su cabeza sin ser pensados. Su mano cogía las bolas sin que ella se lo ordenase. Isabel buscó en la galería de su móvil la foto del décimo de lotería: 26.604. Visualizó las filas de los botones de los pisos que tenía en la pared de enfrente. Círculos blancos con números negros: el piso 26, el 6 y el 4. 

Isabel cerró los ojos. ¿Qué haría si le tocase el primer premio? Era la primera vez en mucho tiempo que pensaba en ella misma. Cuando tenía la edad de aquellas niñas esa pregunta no era difícil. Ahora no encontraba las ganas, y no se acordaba de qué le gustaba. ¿Qué es lo que le haría feliz? Trató de recordar. Ojalá la respuesta llegase igual que aquellas bolas que se deslizaban por el bombo, y ella solo tuviera que recogerla para leerla escrita entre sus dedos. 

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