En la selva

En la selva

Los padres de Paula pasaban el día en casa. Su padre estaba jubilado y su madre se había quedado en paro hace unos meses. Pasaban tardes largas en el sofá, viendo concursos y fantaseando con lo que harían si ganasen el gran premio.

Paula quería animarles y alguna vez, al salir de clase, pasaba por un restaurante y llevaba comida china a casa. Y sus padres comían sin quitar los ojos del televisor, intercambiando unas pocas palabras. La tercera vez que Paula hizo aquello, su madre le pidió que lo dejase, porque no estaban como para hacer esos gastos.

Intentaba convencerla de que buscase trabajo, pero ella le comentaba que quería aprovechar el paro una temporada y descansar. Hacía tiempo que sus padres no estaban allí, y solo aparecía cierto brillo en sus ojos cuando imaginaban sus vidas después de un premio de lotería. Poco a poco, fueron dejando de hacer planes y cuando llegó el frío se convirtió en un aliado perfecto para sus excusas.

Entre todos esos cambios, notó uno que se impuso al resto. El olor de la casa cambió: había algo pesado, denso y húmedo que Paula intuía. Pero no acertaba a encontrar el origen. Al principio le pareció fuerte y llegó a darle náuseas, pero fue acostumbrándose y casi dejó de olerlo. Se lavaba a conciencia y guardaba su ropa con escrupuloso mimo. Le aterraba pensar que ella también podía oler así y, poco a poco, fue evitando hacer vida fuera. Tenía la sensación de que en cualquier momento iba a ocurrir algo terrible si ella no estaba en casa, era como si tuviera un poder que permitía a sus padres no hundirse del todo. Si veía a alguien, rápidamente regresaba con alguna excusa y se sentía aliviada al llegar, aunque le pareciera que a ellos les importaba poco que  estuviera allí o no.

Un día se tumbó en la cama de sus padres y advirtió que precisamente allí estaba concentrado todo ese olor. Era sudor seco y algo más que le resultaba imposible adivinar. Le produjo tal impresión que no volvió a entrar a aquel cuarto.

A veces, cuando llegaba a casa, encontraba copas en la mesa y restos de ceniza por todas partes. Dejaron de preguntarle qué tal le iba, y si lo hacían, rara vez paraban a escuchar la respuesta. Así que Paula empezó a vivir en su habitación.

Dormía muchas horas y, aprovechando que ellos no parecían percatarse de que estaba allí, evitaba ir a clase si no tenía algún examen. A menudo bajaba las persianas y permanecía a oscuras, intentando vaciar la cabeza. Una de aquellas veces vio una puerta abrirse junto a la silla de la esquina. Parecía que estuviera suspendida en el aire y Paula cerró los ojos con fuerza. Al abrirlos de nuevo, la puerta seguía allí. Sintió miedo. Su segundo impulso fue ir a cerrarla. Solo al acercarse, pudo apreciar que el ambiente se tornaba húmedo y frío. Lo primero que vio al otro lado fueron colores azules y verdes y empezó a distinguir las formas de una selva iluminada por una luna enorme y llena.

El miedo dejó paso a la sorpresa, la admiración y a la curiosidad. Oyó unas voces conocidas y se atrevió a cruzar al otro lado. Intuyó una música que le era familiar, quizá electrónica, y después de caminar un rato siguiéndola, encontró a sus amigos del instituto.

Todas las cosas se nublaron de antiguas referencias.

Ricardo estaba de espaldas y Paula se detuvo en su nuca, en el nacimiento del pelo, las orejas y, por último, en las manos, que sostenían un cigarro y el habitual vodka con Sprite. Lo demás eran ecos vagos, coreografía de saltos, vasos de plástico llenos y bolsas de hielo. Lo conocía todo y, al tiempo, le resultaba extraño y nuevo. Ricardo se giró y sus ojos hablaron un lenguaje opaco, de apenas unos pocos monosílabos. Así era siempre. Se saludaron alzando la cabeza, unas palabras con voz grave, media sonrisa.

Solo en esa incertidumbre se intuye a veces el principio de una verdad. Lo suyo con Ricardo le parecía cierto solo un instante, después esa certeza se alejaba huyendo de su propia consistencia, desenfocándose.

Siguió un rato sonando la música en la selva. Paula no hablaba a nadie y solo acertaba a mirar a Ricardo a ratos, y si por casualidad coincidían, huían rápido del encuentro, sonrojados. Entendió que él se había drogado cuando se atrevió a acercarse. Pasó como otras veces: buscaron sus bocas casi sin decirse nada. Pasaba un rato hasta que perdían esa timidez primera y se reconocían cómplices.

Él le propuso que fueran a su casa y allí pasaron la noche.

Cuando Paula abrió los ojos y se supo junto a Ricardo y lejos de su casa, sintió alivio. Pero enseguida hubo algo que le perturbó. Algo que provenía de aquellas sábanas, de Ricardo, de todas partes. Entendió de súbito que se trataba de aquel olor. Y aunque era otra casa y otra cama, en cuanto lo reconoció no le quedó más remedio que salir corriendo.

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