El colmo de la nostalgia

El colmo de la nostalgia

El colmo de la nostalgia es el aborto de mi madre, que se llama Eloy. A veces, me gusta repetir su nombre junto al mío e imaginar nuestra vida juntos. Eloy es un año mayor que yo y me ha abierto camino en este mundo aterrador para que yo no viva con tanto miedo. Es, sobre todo, listo y ágil. Salta bancos altísimos con los pies juntos, sube los peldaños de tres en tres si va con prisa y baja las escaleras deslizándose por la barandilla. Se le da genial dibujar y tiene una letra preciosa que puede apreciarse en todas las portadas de mis trabajos de clase. Cuando toca la guitarra en su cuarto, no deja que entre nadie. La de tardes que he pasado con la oreja pegada a la pared, ansiosa por escucharlo bien.

El aborto de mi madre, que se llama Eloy, acude a mí en busca de consejo porque siente que le entiendo y no le juzgo. Yo con él tampoco me guardo nada porque, cuantas más cosas le cuento, mayor es la atención que me presta. Me gusta que me dedique tiempo. Hay tardes que se queda en casa solo para que veamos pelis juntos y no le molesta que, al terminar, siempre me apetezca hablar de ellas durante horas. Todos los años, por Navidad, vemos la saga entera de La guerra de las galaxias. A mediados de diciembre ya empezamos a prepararlo mientras adornamos el árbol. Golpea tres veces la puerta de mi habitación para entrar y se sienta en mi cama a esperar que le haga caso. Algunos días dice que solo viene a observarme estudiar, que así despeja la mente y se le pasan los agobios. Es curioso, porque esas tardes siempre terminamos hablando de los míos. Creo que elabora toda esa coartada cuando lo único que busca es que no me sienta sola. Entonces espera y yo hago como que sigo a lo mío, aunque ando constantemente mirando de reojo para saber si me mira todo el rato. Me gusta que me mire todo el rato.

El colmo de la nostalgia es mi hermano imaginario, que se llama Eloy. A veces, me gusta repetir su nombre junto al mío y pensar en cómo hubiera cambiado todo. Dejó de hablarse con su padre antes que yo, pero le contesta a los mensajes con un poco más de transigencia, como si ya se le hubiese pasado lo que sea que sintiera, como si se hubiera rebajado la intensidad del rencor. Puede que le siga afectando el tema, el caso es que lo disimula mejor que yo; parece simplemente que lo asume y eso me tranquiliza a mí también. Cuando éramos pequeños, Eloy, me hablaba por la central del walkie-talkie que nos trajeron los Reyes. La custodiaba siempre en su cuarto y, desde la sede, me pedía que le trajera cosas lo más rápido posible mientras me cronometraba. Las tardes que Noelia nos cuidaba, escribíamos obras de teatro sobre lo que le pasaba en clase para representarlas después con muñecas, y ahí descubríamos qué compañeros le caían mal. Porque en voz alta no le gustaba nunca admitir que pensaba cosas malas de otra gente pero, por dentro, las pensaba hasta de mí.

Cuando a mi padre se le fue el interés, mi hermano imaginario, que se llama Eloy, sintió el peso de la masculinidad sobre sus hombros y me acompañó a los partidos de voleibol en los Salesianos y me recogió de los viajes en el aeropuerto. Fue copiloto de mi primer trayecto al pueblo, organizador de las comidas familiares de mis reiteradas graduaciones y supervisor de todos mis regalos sorpresa de cumpleaños. Me enseñó a utilizar la cámara y a piratear el Photoshop. Se hizo amigo de mis amigos y cuñado de un par de ellos, a los que terminó prefiriendo no ver mucho. Cuando me mudé de casa, ya lo había hecho él primero, así que me prestó sus cajas, me compró un par de mantas y me legó su viejo tendedero. Cuando veo la tele por las noches, muchas veces, lo echo de menos.

El colmo de la nostalgia es la foto de mi madre embarazada, que es la única foto que mi madre y Eloy tienen juntos. A veces, me gusta repetir sus nombres junto al mío y preguntarme si ella también hará lo mismo.

Un comentario en «0»

  1. En Princesas se preguntaban «¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mí a veces me pasa. Me pasa que me imagino còmo van a ser las cosas,[ …] Y luego me da pena cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas».

    Qué suerte que puedas imaginarte a Eloy acompañándote en tu nostalgia.

    Es un texto precioso.

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