El corazón millonario

El corazón millonario

Las primeras luces del amanecer entran por el cristal del techo abuhardillado y consiguen despertarme del todo, aunque a mis casi noventa años eso no es un gran logro. Hace siglos que no concilio el sueño profundamente y todas mis noches transcurren en un duermevela en el que mis recuerdos se entremezclan oníricamente hasta convertirse en pesadillas que me desbocan el corazón en mitad de la madrugada.

Hace ya tiempo que los días me parecen todos iguales, pero hoy siento una atmósfera diferente que me hace presentir que este día será especial. Como cada mañana me incorporo suavemente en la cama y enciendo la radio para que las voces llenen la casa y mi soledad no sea tan abrumadora. Alguien anuncia con tono optimista que hoy es veintidós de diciembre y que nuestra vida podría cambiar para siempre.

«¿Qué harían ustedes con cuatro millones de euros?». Esta frase me produce una punzada tan fuerte en el pecho que mi frágil cuerpo se dobla por la mitad y necesito tumbarme de nuevo. La tristeza me invade al pensar en mis deudas a pesar de todos mis años de esfuerzo y trabajo; a pesar de todos mis años de lucha incansable por salir adelante. Después de todo, parece que nada ha sido suficiente.

Las voces del sorteo me llegan de fondo mientras pienso que mi ánimo ha ido empeorando con la ausencia de mi nieta. Hace ya un año que la vida decidió separarnos y hacer que la distancia entre nosotras se contase en horas de avión. Desde que ella se fue me pregunto constantemente por qué duele tanto la soledad que no escogemos.

Unas voces a coro exclaman un número interminable que mi memoria no es capaz de retener. «Señoras y señores, por fin tenemos El Gordo». Alguien llama insistentemente a mi puerta y apresuro mis pasos para abrir cuanto antes. Allí está ella: despeinada, con aire cansado pero con una gran sonrisa dibujada y los brazos abiertos hacia mí. La emoción me deja sin palabras, rompo a llorar de alegría y comprendo que ya no me queda apenas nada en esta vida –ni siquiera tiempo– pero que mi corazón es millonario.

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