Con los dientes la desgarras

Con los dientes la desgarras

No hablo de la fe ciega.
Al contrario, remito a la duda,
a la interminable duda que
nace dentro de mí,
al pájaro con plumas de plomo
y un ala rota.

Amiga, yo también escribo. No sabía cómo contártelo. Me daba un poco de vergüenza, pero ahora que me dices todo esto… Ahora entiendo que me falta justo lo que has dicho, la mirada del otro, y a la vez me resulta muy difícil enfrentarme a ella. Me da pánico, te lo juro. No sabía si mandarte estos versos, porque me daba miedo incluso que me leyeras tú…

Hace unos días terminé de leer El peligro de estar cuerda donde Rosa Montero habla justamente de la dificultad de los escritores para considerar su obra de manera objetiva. Según ella, nos inclinamos por dos polos opuestos: pensamos que lo que acabamos de escribir es genial o absolutamente horrible. Creemos, además, que nuestra valía depende casi exclusivamente de aquello que queda impreso en el folio. Un poco exagerado, quizá. Pero pienso que esas pueden ser algunas de las razones por las que me da miedo compartir lo que escribo. De todas formas, lo cierto es que la exposición es inevitable. La literatura tiene que ser compartida. Los escritores necesitamos validación y también una opinión que nos haga mejorar nuestra escritura, pero en ese proceso siempre me he preguntado dónde encontrar una mirada cómplice que te devuelva una lectura amable y una crítica constructiva antes de hacer público y lanzar al vacío algo tan íntimo como un texto.

Gracias a ti, a lo que escribiste, me he dado cuenta de que tenía esa mirada más cerca de lo que yo pensaba. También me has hecho reflexionar sobre cómo puede ayudar la amistad al oficio de escribir. Un buen amigo cree en ti, pero también te dice lo que no te apetece escuchar. Un buen amigo te acompaña, te apoya cuando las cosas no salen bien, te hace ser mejor y celebra tus éxitos como si fueran los suyos. Creo que es evidente que las personas que escribimos necesitamos buenas amistades que escriban también y pensándolo así me arrepiento de todas esas veces en las que ese pájaro con plumas de plomo me ha disuadido de enviarte un texto. Juro que intentaré no hacerle caso y le repetiré mil veces que los amigos son los primeros que tienen que leer los textos malos y los maravillosos. Estoy pensando ahora en otro poema, uno de Salinas que dice: «Y si una duda te hace señas a diez mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas, sobre proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos con los dientes la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes dudar».  En realidad, sí que tendremos dudas, una y otra vez, pero estoy segura de que juntas nos arrojaremos sobre ellas con uñas, besos y dientes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada anterior <strong>La urna de latón celeste</strong>
Entrada siguiente Yo, otra. En el umbral