Como en verano

Como en verano

Te lo dije una vez: «nadie me enfada como tú».

Quise que me quisieras como una mañana en verano. Aun lo quiero, aunque me descompongo. Entonces, pienso en cómo él sí sabía hacerlo.

Papá me despertaba con algo así como el sol caliente, y yo me sentía algodón, como un gusanito de seda o un panel de abejas, un bzz bzz de verano, y aunque aún no estaba ahí para mecerme suave le escuchaba moverse abajo, decirme ya es hora mi vida, ya es hora mi amor, moverse junto al tocadiscos del salón, medio estropeado aunque aún conseguía sacarle algo así como un jazz de gato, un ritmo de la jungla, y me despertaba así en verano, como la cebada o el agua, y subía las escaleras tan arrugado dentro de su camiseta celeste, que yo le decía de joven, y se asomabas a mi cuarto, su cabecita de almendra, sus ojos de rana, tan bonito siempre, se asomaba a mi cuarto con esa sonrisa grande y equina, mi sonrisa favorita aunque tuviera muelas de metal y niño pobre, tan bonita su sonrisa mientras me frotaba los ojos, Mogli en la cama cuando me acunaba y decía ya es hora mi vida, ya es hora mi amor. Siempre me dejaba un zumo de naranja frío en la cocina, en el vaso grande de color pelado, y estaba tan bueno que dolían los dientes, porque cada noche acercaba cinco naranjas a la parte más fría de la heladera, esa que a veces gotea y que no hay que acercarle el gazpacho porque se congela y ahí entonces sí que no hacemos nada. A veces incluso dejaba en el centro de la mesa la caja grande de hojalata, con la tapa puesta, aunque fuera solo por efecto, aunque solo fuera eso, aunque supiera que yo sabía lo que había dentro, que había ido a la panadería de lejos, siempre la misma, siempre esa porque cómo iba a ser otra cuando hacía años habíamos descubierto los mejores cruasanes del mundo, cómo iban a ser otros si los nuestros estaban cubiertos por azúcar de cristal. Yo me los comía y a aquello sabían los días, las mañanas que papá me despertaba en verano.

 Ahora, que solo estás tú, que solo estamos tú y yo, me gritas y te grito que nadie me enfada como tú me enfadas. Los lenguajes del amor son cinco, y tú temes tanto que todos los camuflas feo. Pero en las mañanas de verano en que él me acunaba, yo te observaba. Entonces, cariño, te veía amando a través del cristal. Amabas tus flores blancas, esas por las que el patio olía a noche hasta a las diez de la mañana, esas que cuidabas tanto, que aún cuidas tanto, mi amor. No sé qué tienes en las manos que son como un humus, como las prensas que en el sur hacen la mojama salada, una tierra que todo lo que toca crece, a pesar de que no dejes de maltratarte las cicatrices del dedo. Creo que es por todita tu tozudez de mula, como aquella vez en la que no teníamos nada y montaste una silla con una moneda o una piedra. En esas mañanas de verano me bebía el zumo frío y te miraba desde dentro trabajar las flores, arrodillada con tus shorts rotos y tu gorrito de paja, bañada entera de la tierra que salpicabas con la palita, y yo dentro tan limpia pensando que aquello de verdad te tenía que gustar mucho, que aquello sí debías de amarlo, que con tanto bicho y tanta alergia había que estar loco para andar ahí fuera, arrodillada, bañadita toda de pura tierra.

Nadie me enfada como tú, aunque es normal que quieras así, mi amor, sacrificada, en silencio, a gruñidos. Intento no tenértelo en cuenta, de verdad que lo hago. Fuiste una madre niña, y es normal que soluciones a gritos, con tanto hermano chico que cuidar, con tanta cosa ausente, con tanto sol arrancado y todo ese miedo terrorista. Tuviste la vida que tuviste, y aunque nadie me enfada como tú, algún día escribiré tu historia, mamá. Porque, aunque grite ¡no lo siento!, ¡no me llega! (y aunque sea verdad, que con tu amor me cuesta), sé que quieres tanto, cariño, tanto. Que darías un brazo, dos, todas las piernas. Veo tus fotos antiguas, con tu pamelita subida a un camello, tus gafas de sol como de estrella de cine, tu vestido de flamenca de aquellos carnavales, o esa de cuando hacías ballet, como un cisne inclinada hacia delante, tan bonita que me quedo en blanco. Tan sonriente que me pierdo, que pienso que habríamos sido amigas, y que ojalá no hubieras tirado aquella blusa morada, ni ese top tan corto, que ahora esa ropa se lleva mucho, porque todo vuelve, como tú dices, y cuando miro las fotos y me muerdo las uñas, pienso que ojalá, también vuelvas tú.

Ya nadie me quiere como una mañana de verano, mi amor, y es cierto que nadie, nadie, me enfada como tú. Pero si pudiera volver a ser Mogli, con la pulpa entre los dientes y el azúcar en los labios, creo que abriría la cristalera y saldría al patio. Que me acercaría a ti en silencio, y apoyaría mi cabeza en tu espalda. Que tú sabrías que estoy ahí, claro, pero no te girarías. No dejarías de cavar, y a mí no me importaría, porque ahora, que ya soy grande, entiendo tu pánico, amor. Así que, como si yo no estuviera, como si fuera un T-Rex y tú fingiendo que no, que no me ves, seguirías cavando. Entonces me tumbaría entre tus flores blancas, entre tu tierra removida. Montoncito a montoncito, palita a palita, me irías arropando de barro.

Y así, al fin en tu abrazo, yo podría dormir.

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