California 1969

California 1969

El calor tiene unos efectos curiosísimos sobre la mente humana. O eso o es que esta ciudad se nos ha ido definitivamente de las manos. El caso es que lo de ayer fue raro. Yo subía Bravo Murillo hacia la cafetería: verano en Madrid, treinta y dos grados a las doce del mediodía, un párrafo enquistado en el lóbulo frontal y una fecha de entrega a punto de vencer. Digamos que llevo el tiempo suficiente viniendo a trabajar a la biblioteca de este barrio como para que me sorprendan los personajes que lo habitan. Ni me inmuto ante los yonquis que se arrastran patizambos por la acera, ni ante los locos que les gritan zorra a las monjitas, ni ante los oficinistas sudorosos puestos de farlopa hasta las cejas, ni ante los ludópatas ni los pandilleros ni los funcionarios del juzgado. Pero la verdad es que aquel ciego sí me sorprendió.

Yo subía la calle y él la bajaba. Lo vi a lo lejos, cuando cada uno se encontraba en un extremo de la cuadra, y ya de primeras me llamó la atención lo deprisa que andaba. Yo camino rápido, pero apenas tengo unas dioptrías de miopía y alguna más de astigmatismo. El tipo podría ir perfectamente a mi ritmo, confiado, con el mentón inclinado hacia arriba y el pecho henchido. Cuando ambos alcanzamos nuestro respectivo veinticinco por ciento de la manzana, él comenzó a mover el bastón con brusquedad hacia los lados, como si segara el aire a su paso, y estuvo cerca de reventarle la rodilla a una nena que caminaba de la mano con su madre y de hacer añicos el escaparate de un bazar. La gente comenzó a apartarse con premura pero con sigilo, como si nadie quisiera dejar constancia de que estaba ahí, en mitad del camino de un ciego errático. Su cabeza apuntaba al frente como si nada, pero, justo cuando nos íbamos a encontrar en el ecuador de la cuadra, viró el cuello a la izquierda y clavó su mirada en la mía, sosteniéndola durante los cinco segundos que tardamos en cruzarnos. Me di la vuelta y lo vi bajar la calle a su ritmo, con la mirada al frente de nuevo. Yo mascullé un qué cojones y entré en la cafetería. Saludé con el puño en alto y mientras Berta me ponía el americano Gladys me lo cobró. Me llevé el café a la mesa de siempre y en lo que se enfriaba reflexioné sobre lo que acababa de pasar. Aprovechando esta mente analítica que según mi terapeuta casi siempre juega en mi contra, extraje tres hipótesis que podrían explicar lo ocurrido. Uno: había sido una casualidad, el ciego había escuchado mis pasos y fortuitamente había posado sus ojos inertes sobre los míos. Dos: el ciego era una especie de médium venido de las tinieblas para robarme el alma. Tres: el ciego no era ciego y tan solo era un personajazo que se pasea por las calles de Madrid inquietando al personal. Mientras soplaba el americano pensaba que cualquiera de las tres opciones me parecía fascinante. Sobre todo me detuve en la tercera y en tratar de descifrar los motivos que llevarían a una persona a hacer tal cosa. Quizá fuera por el éxtasis líquido o los parches de nicotina, quizá tuviera un tumor cerebral o un problema en el trabajo. O puede que solamente lo hiciera por aburrimiento y desesperación, que son los dos motivos por los que yo hago casi todo. Automáticamente mi mente ansiosa comenzó a preguntarse si yo sería capaz de hacer algo así, y me visualicé dando palos de ciego y mirando a la gente a los ojos: en un callejón oscuro, en un psiquiátrico, en una iglesia, en el patio de un colegio concertado. Creo que sí podría hacerlo, en realidad hay demasiadas cosas que podría hacer y que no hago, y que podría haber hecho y no he hecho. Pensé que podría haberle preguntado al ciego si era ciego, pensé que podría haberles contado a Berta y a Gladys lo que me había pasado. Podría haber pedido un hielo en el americano para no tener que esperar a que se enfriara y podría haber traído papel y boli por si se me ocurría alguna forma de desatascar el dichoso párrafo. Podría llamar a mi padre y preguntarle si le gusta su vida, podría haber aprovechado más cuando me pagaron las clases de alemán. Podría haber tratado mejor a ese chico tan raro que iba a mi curso, podría haber mentido menos a la gente, podría haber decidido hacerme abstemio cuando aún estaba a tiempo. Podría dejar la edición, darme de baja de autónomos y prepararme las oposiciones a auxiliar administrativo. Podría haber viajado más con mis colegas, podría haberle dicho adiós a esa chica mucho antes, podría haber follado con esa amiga de una amiga de una amiga. Podría haberme apuntado a fútbol en el colegio. Creo que podría haber ido más a ver a mi abuela cuando estaba sana, incluso después, cuando estaba en la residencia y no tenía ni puta idea de quién era, o incluso ahora, que suda la gota gorda en el fondo de un agujero. Yo qué sé, podría haber escrito a mi ex por su cumpleaños, podría haber fumado más cuando fumaba, podría escribir Helter Skelter con sangre en la puerta de la nevera. Y es una pena, porque en el mejor de los casos uno llegará a viejo, si lo respetan el sistema linfático y la cirrosis hepática y el terrorismo islamista y el trastorno obsesivo compulsivo, y tendrá que arrastrar esa cadena insoportable de posibilidades que lo habrían hecho inquietantemente feliz. Así que nada, me bebí el café de un trago y me levanté de la mesa, llevé la taza a la barra y me despedí de estas con el puño un poco menos en alto que antes. Salí a la calle, limpié las gafas de sol con la camiseta, miré a ambos lados de la acera y eché a andar dando palos de ciego falso calle abajo.

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