Annie Ernaux, voz de voces

Annie Ernaux, voz de voces

Annie Ernaux ha ganado el Premio Nobel de este año. La noticia ha resonado esta semana, se ha expandido como una chispa en la pólvora. Pero, ¿cómo no? 

Su escritura es límpida, sencilla, clara como el agua y aguda, certera como un dardo. Con pocas palabras consigue recrear escenas que arrollan. Así me sentí yo cuando acabé No he salido de mi noche, un diario en el que narra la última temporada con vida de su madre enferma de Alzheimer. La degradación, el asco, la enajenación, el dolor, la culpa, la pena… y sobre todo, la dificultad de los cuidados. Acabar el libro fue doloroso. No pude decir ni una sola palabra. Tan solo escribí en mi cuaderno: «me gustaría poder hablar de este libro, de lo que me ha removido, de lo que me ha acercado a la vida. Pero ahora no puedo, si eso ya mañana».

Ese no había sido el primer libro que leí de ella. Cuando volví de París, había escuchado su nombre. Quizá llegué a ella tras leer a Virginie Despentes , o quizá alguien (no recuerdo quién) me la recomendó. Fui a una librería de Logroño y el único libro que tenían allí de ella era Los años. Me alegro mucho de haber empezado por ese libro. Recomiendo empezar a leer a Ernaux por ese libro. Reconozco que se me hizo largo, lo dejé un tiempo en stand-by. Pero acabé volviendo. Y qué suerte. De aquel libro ya hablé, pero sigo teniendo grabada una cita sobre los silencios y sobre el tiempo. Sobre lo que no se ve, pero está, sobre lo que se ignora hasta que alguien (ella, Annie) viene y te lo pone en las narices.

Leí también más tarde Pura Pasión, porque Pilar lo había sacado de la biblioteca y me lo dejó antes de que se le terminara el plazo. Lo devoré en una mañana remolona. A libros como este me refiero con eso de que es certera y aguda como un dardo. El libro es una espera. Los pensamientos que suceden mientras ella anhela incansablemente ue un hombre casado, su amante, vuelva a llamar a su puerta. Sobre el final no me pronuncio, pero qué más da. Lo importante no es el qué, sino el cómo. Esta obra es esencial porque no cuestiona nada, solo narra. Y con esa sencilla narración, ya está cuestionándolo todo.

El nobel de Ernaux es merecido. Merecidísimo diría. Desde que sucedió, quería escribir sobre qué es eso que ella hace tan bien. Y sobre por qué es tan justo para todas que se lo den a ella. Este Premio Nobel legitima nuestras voces, da importancia al estigmatizado género de la autoficción y nos permite comprender, a mí y sé que a muchas otras, que escribir sobre ser mujer o solo sobre ser en este cuerpo y desde esta voz es legítimo. Y no solo legítimo, sino también importante. Y que escribir, en definitiva, es una forma de estar en el mundo, de mirarlo y mirarnos y que eso está bien que así sea. Nos recuerda, por último, que la literatura sirve (como ya sabíamos en realidad) para cambiar el mundo. Desde una voz pequeñita con un talento inconmensurable, Annie Ernaux habla (o más bien reivindica) sobre lo que ella quiso ser, lo que ella no fue, lo que debió haber sido…, y si digo ella puedo decir yo, puedo decir nosotras.

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